sábado, 19 de abril de 2014

¿Existió Jesús de Nazaret?

EL ROMPECABEZAS DE JESÚS
¿Hubo un Jesús histórico?90
¿Existió Jesús?; ¿se explican mejor los orígenes del cristianismo sin su «fundador»
Jesús de Nazaret?; antes de los Evangelios, ¿nos encontramos con un Jesús
histórico o mítico?

Por EARL DOHERTY
PREÁMBULO

Conforme entramos en el siglo XXI, el interés por el Jesús histórico ha ido creciendo drásticamente.
En los medios de comunicación, en los bestsellers, en Internet, se está sometiendo a Jesús, más
como figura histórica que como objeto de fe, a una investigación y reinterpretación sin precedentes. La investigación sobre los orígenes cristianos ha llegado al ámbito público como nunca antes, y sus nuevos y radicales hallazgos, junto con la tendencia liberal a bajar a Jesús de su pedestal, han fascinado y perturbado a creyentes y no creyentes por igual.
Tal vez por primera vez en su historia, el campo de la investigación neotestamentaria está desorientado. El círculo académico más progresista en este campo, el grupo conocido como El Seminario de Jesús, ha llegado recientemente a la conclusión de que el cadáver de Jesús, lejos de haber resucitado de entre los muertos, probablemente se descompuso en alguna fosa desconocida, y que el movimiento cristiano no empezó con la convicción de que Jesús hubiera resucitado corporalmente de su tumba. Los grupos más conservadores se oponen ferozmente a tales tendencias, y aun publicaciones populares como Bible Review [Revista bíblica] se han convertido ocasionalmente en campos de batalla de una «guerra civil» en la que los eruditos cristianos de ambos bandos atacan la competencia e integridad de sus oponentes sin tomar prisioneros.
Pero en la nueva búsqueda del Jesús histórico, el punto más importante de todos está siendo ignorado
en gran medida. ¿Ha sido víctima la sociedad occidental de la equivocación más grande de la historia? ¿Podría ser que no hubiera ningún hombre real por ser descubierto, ninguna figura histórica de referencia en una búsqueda sin fin y que esta fuera la razón por la que cada generación es capaz de
reinventar a Jesús a su propia imagen, por la que una multitud de estudiosos puede salir con imágenes
radicalmente diferentes del fundador del cristianismo? Si el registro es tan voluble, tan abierto a la interpretación, ¿no debería ser esta posibilidad la primera de la agenda? El Seminario de Jesús, al co- DOHERTY, Earl. The Jesus puzzle. Was there no historical Jesus? [en línea]. S. l.: The Jesus Puzzle, s. d. [consultado el 27 de junio de 2007]. Disponible en la dirección: http://home.ca.inter.net/~oblio/home.htm).El autor se reserva todos los derechos de republicación. Pueden hacerse tantas copias como se quiera siempre que se conserve la identificación del autor. El Jesus Seminar es un equipo de investigación formado por unos setenta estudiosos del Nuevo Testamento fundado en 1985 por Robert Walter Funk, cuyo propósito es reconstruir la biografía de Jesús de Nazaret. Su trabajo se basa en una metodología triple: la antropología social, el análisis histórico y la hermenéutica textual. Este seminario se considera desvinculado de cualquier corriente religiosa o filosófica y tiene su sede en Sonoma (California). Está dirigido por John Dominic Crossan y Robert W. Funk. Publican sus conclusiones en la revista Foundations and Facets Forum [Foro Bases y Facetas]. El trabajo del Jesus Seminar se inserta en lo que se llama la «Tercera búsqueda del Jesús histórico» (Wikipedia, op. cit.). (N. del T.).

La idea de que el cristianismo pudiera haber empezado sin un Jesús histórico empezó a flotar por
primera vez a finales del siglo XVIII entre ciertos filósofos de la Revolución francesa. En Alemania,
unas cuantas décadas después, D. F. Strauss y Bruno Bauer fijaron una base para la teoría calificando
muchas partes de la historia de Jesús como «mitología» y a los Evangelios como «invenciones literarias ». Bauer llegó a dudar de la historicidad de Jesús. Pero fue en el siglo XX cuando de hecho comenzó el examen serio y detallado del tema. Desde entonces un puñado de estudiosos respetables en cada generación han negado rotundamente la posible existencia histórica del Jesús de los Evangelios: entre ellos J. M. Robertson en Gran Bretaña, Arthur Drews en Alemania, Paul-Louis Couchoud y Prosper Alfaric en Francia, seguidos por muchos otros. Más recientemente, G. A. Wells, profesor de alemán en la Universidad de Londres (ahora retirado), ha publicado seis libros sobre el tema, una reveladora disección de la literatura cristiana, especialmente de los Evangelios, que revela cuán vaporosa y evasiva es la base histórica que yace detrás de la historia de Jesús de Nazaret.
Mi propia investigación en este campo se remonta a casi veinte años atrás, cuando encontré por primera vez una presentación seria de la teoría por parte del profesor Wells. Aunque mi preparación universitaria no era en estudios neotestamentarios, estoy licenciado en Historia Antigua y Lenguajes Clásicos, lo que me da un conocimiento práctico del griego y del latín, que complementé con algo de
hebreo y siríaco básico. Además del Nuevo Testamento, junto a muchas partes del Antiguo, he investigado profundamente todos los documentos cristianos no canónicos, los apologistas del siglo II y III, todos los pseudoepígrafes judíos de la época junto con los manuscritos del Mar Muerto, y muchas partes del gnosticismo cristiano y no cristiano. A esto le he añadido el estudio de Filón de Alejandría, el platonismo medio93 y otras filosofías, los historiadores antiguos relevantes, los cultos mistéricos helénicos y el pensamiento religioso general de la época.
Mis investigaciones me han llevado a un desacuerdo fundamental con el profesor Wells (es el único escritor sobresaliente sobre la teoría de «Jesús como mito» de la generación pasada; los primeros proponentes de esta teoría son difíciles de entender para el lector medio, de tal forma que no los tocaré aquí). Wells postula que Pablo y otros cristianos de su época creían que «Jesús» había vivido en la oscuridad en algún momento desconocido del pasado, tal vez dos o tres siglos antes de su tiempo. El problema es que parece que no hay más evidencias en las epístolas de que Pablo tuviera dicha figura en mente de las que hay acerca de su conocimiento de un Jesús de Nazaret que hubiera vivido y muerto durante el reinado de Herodes Antipas. Más bien, todo en Pablo apunta a una creencia en un «Hijo» enteramente divino que «vivió» y actuó en el ámbito de lo espiritual, en el mismo ambiente mítico en el que se pensaba que operaban todas las demás deidades salvadoras de la época. Ningún griego o romano creía que Mithras hubiera vivido en un periodo identificable de la historia terrenal, o que el toro que sacrificó fuera «histórico». Además, los mitos mistéricos en los tiempos de los comienzos del cristianismo tendían a ser trasladados a una esfera sobrenatural impregnada de la filosofía del momento.
Desde esta perspectiva, se puede ver cómo el cristianismo encaja perfectamente en su entorno cultural, un hijo de su tiempo. También nos permite leer y entender a Pablo en toda su riqueza espiritual — Resurgimiento del platonismo que se experimentó entre los siglos I a. C. y II d. C. Se encuentra a medio camino entre el  platonismo antiguo (s. III – II a. C.) y el neoplatonismo (N. del T.). desde el punto de vista del interés histórico— y ganar una imagen profunda de en qué consistía su fe.
Una vez que se ven las creencias cristianas primitivas bajo su propia luz, se abre una ventana completamente nueva ante el espíritu religioso de la época, puesto que el cristianismo fue el gran sintetizador o traductor de ese espíritu. Pero si en cambio insistimos en ver la fe cristiana primitiva como alguna extraña anomalía híbrida enfrentada a las creencias subyacentes de su época, entonces el cuadro permanecerá por siempre incompleto.
Hoy día encaramos dos dificultades importantes para el entendimiento de la creencia de Pablo en Cristo como una figura enteramente espiritual. Uno es el hecho de que está basado en cosmovisiones
que son ajenas a nuestra perspectiva moderna. El segundo es nuestra incapacidad para entender cómo
las Escrituras judías, según eran interpretadas por ciertos círculos en los días de Pablo, pudieron conferir características al Cristo celestial que percibimos como «históricas». Me estoy refiriendo a pasajes como Rom 1,3, en el que se dice que Cristo era «del linaje de David», o Gál 4,4, en el que se recoge que era «nacido de mujer», más unas referencias superficiales a cosas como la «carne» o la «sangre» de Jesús. He sido cuidadoso al tratar estas cuestiones, y de proporcionarles una explicación inteligente.
Este trabajo está dividido en cinco apartados principales, que fueron publicadas originalmente en la revista Humanist in Canada [Humanista en Canadá] entre 1995 y 1997.
La PARTE UNO, «Una conspiración de silencio», le echa un detallado vistazo al predominante silencio sobre el Jesús de Nazaret evangélico que encontramos a lo largo de los casi cien años de la más antigua correspondencia cristiana. Ni una sola vez Pablo o cualquier otro escritor de epístolas del primer siglo, identifica a su Cristo Jesús divino con la reciente figura histórica conocida a través de los Evangelios. Tampoco le atribuyen las enseñanzas éticas que se le adjudican después a tal hombre.
Virtualmente, uno de cada dos detalles del cuadro del Jesús de los Evangelios es igualmente ilocalizable.
Si Jesús fue un «reformador social» cuyas enseñanzas dieron comienzo al movimiento cristiano, según lo presentan los eruditos liberales de hoy, ¿cómo pudo haberse perdido de forma tan absoluta dicho Jesús de todas las epístolas del Nuevo Testamento, dejando sólo a un Cristo cósmico en su lugar?
Esta dimensión perdida en el registro cristiano primitivo no puede desdeñarse, como ha sido la manera habitual de proceder entre los estudiosos del Nuevo Testamento. Las «explicaciones» anticuadas como aquella de que la Iglesia primitiva «no estaba interesada» en la vida terrenal de Jesús, o de que la teología de Pablo no la requería, son simplemente inadecuadas, si no falsas en muchos aspectos.
A los especialistas les encanta difamar el denominado «argumento del silencio», pero cuando el vacío
es tan ubicuo y profundo, el razonamiento resultante de él resulta ser de una excelente calidad, y ni la
erudición más moderna se ha acercado a una calidad argumental semejante. En este primer apartado, señalo los elementos relacionados con ese silencio de las epístolas que han sido poco señalados antes,
si es que lo han sido alguna vez.

La PARTE DOS, «¿Quién fue Cristo Jesús?», es el núcleo de la serie, por ello intenta exponer el concepto del Cristo espiritual que era el objeto de fe para Pablo y gran parte del movimiento cristiano
primitivo. Esta fe surgió de las ideas religiosas y filosóficas prominentes de la época, tanto judías como griegas, acerca de una fuerza intermediaria entre Dios y el mundo, un «Hijo» espiritual, que obraba dentro de concepciones del universo que han sido descartadas hace mucho tiempo. También comparo el Cristo de Pablo con las deidades salvadoras de los cultos mistéricos grecorromanos, y aunque hasta no hace mucho estaba de moda mantener que mucho de lo que es distintivo del cristianismo se derivó de los misterios, ambas expresiones religiosas comparten elementos de la misma mentalidad y son, en parte, ramas del mismo árbol. Ver el cristianismo bajo esta luz nos hace avanzar un largo trecho hacia el entendimiento del pensamiento de Pablo. Al mismo tiempo examino las palabras de Pablo acerca de Cristo para demostrar que apóstoles como él están ofreciendo una fe basada en la revelación por parte de Dios principalmente a través de la interpretación de las Escrituras, en una época de inspiración divina que no tenía nada que ver con la reciente carrera de un hombre histórico. El segundo apartado termina con un breve vistazo a otra conclusión: que el cristianismo, como lo demuestra su gran diversidad de sus primeros tiempos, no surgió en un único instante y lugar o de un único movimiento misionero, sino que se expresó de diferentes formas en muchas sectas y lugares. Ofrezco una definición de los términos «Jesús» y «Cristo» tal y como fueron usados durante este período inicial.

 La PARTE TRES, «La evolución de Jesús de Nazaret», comienza con una búsqueda en los Evangelios. Estos documentos, que los estudiosos actualmente admiten como expresiones de fe y no de historia, fueron escritos por etapas y probablemente no tan temprano como tradicionalmente se supone.
En última instancia todos ellos son dependientes, con respecto a su esbozo de la vida de Jesús, de una
única fuente, la versión más temprana de «Marcos». Tampoco hay señal alguna de ellos en el amplio
panorama cristiano hasta bien entrado el siglo II. Seguidamente, examino en detalle el documento conocido como «Q» en el cual se creó por primera vez el núcleo del Jesús como maestro, taumaturgo y profeta apocalíptico histórico —algo bastante alejado del Cristo cúltico de Pablo—. Muestro cómo los signos contenidos en ese documento y su evolución indican que no subyace ninguna figura histórica en sus raíces. Aquellos que afirman actualmente que el movimiento cristiano surgió de las enseñanzas de un Jesús como el que se presenta en los evangelios sinópticos, están obligados a basar dicha figura casi exclusivamente en este documento Q perdido, y lo que podamos tantear sobre su naturaleza original y sus etapas de desarrollo. Las pretensiones de corroboración en el redescubierto Evangelio de Tomás descansan también sobre cimientos inseguros. El apartado concluye con un vistazo a cómo «Marcos» compiló el primer Evangelio a partir de elementos distintos, sus ingredientes escriturales y sus características sectarias.
La serie original (publicada primero en formato abreviado en la revista Humanist in Canada en 1995 y 1996) concluía con un «Post scriptum» en el que se trataba el asunto de los testigos no cristianos de Jesús, o la ausencia de estos. (Es asombroso cuánta de la energía de la cuestión de la existencia de Jesús se enfoca hacia este asunto subordinado acerca de Josefo, Tácito y compañía —que en el mejor de los casos no es concluyente— cuando el material más elocuente yace en los mismos documentos cristianos). Posteriormente, trato lo que yo llamo «Las Cinco Falacias» contenidas en el análisis académico tradicional de los orígenes cristianos y de los registros cristianos primitivos.
Un poco después, siguió un quinto apartado en la serie, dedicado al examen de «Los apologistas del siglo II». En esta área menos conocida de los escritos cristianos encontramos un silencio asombroso sobre el Jesús de Nazaret evangélico que se extiende a varios autores, e incluso a algún material atribuido a Justino Mártir, que es el único apologista importante antes del año 180 que incluye a un Jesús histórico en su defensa del cristianismo contra los paganos. Examino detalladamente la más fascinante de de todas las apologías, Minucio Félix, que en su tratamiento de la idea de un hombre crucificado y su cruz se constituye en una verdadera «pistola humeante».
Pienso que lo que cualquier «miticista»95 recibiría con aprecio por parte de la corriente académica principal sería un examen enérgico de la teoría de Jesús como mito y un intento honesto de hacer frente  Persona que hace milagros (N. del T.).
95 Las visiones miticistas de Jesús serían aquellas que lo consideran el resultado de un proceso de construcción de una biografía terrenal a partir de las andanzas simbólicas de un personaje mitológico. La posición contraria sería la historicista, esto es, la que propone que el Jesús de los Evangelios es el resultado de una reelaboración mitológica sobre la base de una biografía de un ser humano real, de gran carisma pero sin poderes sobrenaturales. Esta colección de ensayos se incluye dentro de la primera categoría (N. del T.). a sus argumentos. La teoría de que no hubo un Jesús histórico no muestra signos de perder credibilidad y, dentro de alguna clase de moda «underground», está incluso ganando apoyos. Ha llegado la hora de examinar seriamente por qué esto es así.
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