miércoles, 22 de junio de 2011

La meditación es silencio

La mente implica palabras; el yo, silencio. La mente no es sino la suma­toria de todas las palabras que has acumulado. El silencio es algo que siempre ha estado contigo, no es una acumulación. Éste es el significado del yo: es tu cualidad intrínseca. So­bre el fondo del silencio, continúas acumulando palabras, y la sumatoria de todas las palabras es lo que se co­noce como mente. El silencio es me­ditación. Es una cuestión de cambiar la percepción de la forma, de desviar la atención de las palabras hacia el si­lencio, que siempre ha estado allí.


La meditación es el PARAÍSO

La meditación es un estado natural, que hemos perdido. Es un paraíso perdido, pero el paraíso puede ser re­cuperado. Mira a los niños a los ojos... Míralos y verás un gran silen­cio, una inocencia. Cada niño viene con un estado meditativo, pero debe ser iniciado en los caminos de la so­ciedad: hay que enseñarle a pensar, a calcular, a razonar, a discutir; hay que enseñarle las palabras, el lenguaje, los conceptos. Y lenta, lentamente, pierde contacto con su propia inocencia. Se contamina, es corrompido por la so­ciedad. Se transforma en una maqui­naria eficiente; deja de ser un hombre.
Todo lo que se necesita es recupe­rar ese espacio una vez más. Alguna vez lo conociste, así que, cuando te acercas a la meditación por primera vez, te sorprendes, pues un gran sen­timiento surgirá en ti como si lo hu­bieras experimentado previamente. Y esa sensación es real: lo has vivido antes, pero lo has olvidado. El dia­mante se ha perdido en medio de un montón de basura. Pero, si eres capaz de descubrirlo, hallarás nuevamente el diamante: te pertenece.
No puede perderse verdaderamen­te: sólo se puede olvidar. Nacemos como meditadores y después apren­demos los caminos de la mente. Pero nuestra naturaleza real permanece es­condida en algún lugar, en las profun­didades, como una corriente submari­na. Cualquier día, una pequeña exca­vación, y encontrarás la fuente de la que aún fluye agua fresca. Y encon­trarla es uno de los más grandes pla­ceres de la vida.


La meditación es REMINISCENCIA

Dondequiera que estés, recuerda que tú existes. Esta conciencia de tu existencia debe tornarse una continui­dad. No tu nombre, tu casta, tu nacio­nalidad. Ésas son cosas fútiles, abso­lutamente vanas. Sólo recuerda: "Yo soy." No hay que olvidar esto. Esto es lo que los hindúes denominan remi­niscencia del yo, lo que Buda llamaba autocontemplación, lo que Gurdjieff solía denominar recuerdo del yo, y lo que Krishnamurti llama conciencia.
Ésta es la parte más sustancial de la meditación: recordar que "yo soy". Mientras camines, estés sentado, co­miendo o hablando, recuerda el "yo soy". Nunca lo olvides. Será muy dificultoso y arduo. Al comienzo, los olvidos serán permanentes; sólo ha­brá momentos sueltos en los cuales te sentirás iluminado, que luego se per­derán. Pero no te sientas mal: aun es­tos momentos sueltos son mucho. Siempre que puedas volver a recor­dar, retoma el hilo. Cuando olvides, no te preocupes. Recuerda nuevamen­te, vuelve a retomar el hilo, y poco a poco las brechas se irán reduciendo, los intervalos comenzarán a perderse, y surgirá una continuidad. Y cuando tu conciencia adquiere continuidad, no necesitas usar la mente. Entonces, no hay planificación; es tu conciencia y no tu mente la que dirige tus actos. Entonces, no hay necesidad de defen­sa alguna, no hay necesidad de dar ex­plicación alguna. En consecuencia, eres lo que eres: no hay nada que es­conder. Aquello que eres, lo eres. No puedes hacer otra cosa. Únicamente puedes hallarte en un estado continuo de reminiscencia. A través de esta re­miniscencia, de esta autocontempla­ción, llega la auténtica religión, la au­téntica moralidad.
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