sábado, 26 de febrero de 2011

EL ESPACIO INTERIOR Y EXTERIOR


El cuerpo interior no es sólido sino espacioso. No es la forma física, sino la vida que la anima. Es la inteligencia creadora y la que sustenta el cuerpo, es la que coordina simultáneamente centenares de funciones diferentes de una complejidad tan extraordinaria que la mente humana puede comprender apenas una fracción infinitesimal de la misma. Cuando tomamos conciencia de ella, lo que sucede realmente es que la inteligencia toma conciencia de si misma. Es la "vida" evasiva que ningún científico ha podido descubrir porque la conciencia que la busca es ella misma.
Los físicos han descubierto que la aparente solidez de la materia es una ilusión producto de nuestros sentidos. Esto se aplica también al cuerpo físico, al cual vemos como una forma. Sin embargo, el 99.99 por ciento del cuerpo es realmente espacio vacío. Así de vasto es el espacio entre los átomos comparado con su tamaño, para no mencionar también el gran espacio que hay al interior de cada átomo. El cuerpo físico no es más que una interpretación equivocada de lo que somos. Es, en muchos sentidos, una versión a escala del macrocosmos del espacio exterior. Para darnos una idea de lo vasto que es el espacio entre los cuerpos celestes, consideremos lo siguiente: la luz, viajando a una velocidad constante de 186,000 millas (300,000 kilómetros) por segundo, tarda poco más de un segundo en recorrer la distancia entre la tierra y la luna; la luz del sol tarda cerca de 8 minutos en llegar a la tierra. La luz de nuestro vecino más cercano en el espacio, la estrella Próxima Centauro, es decir, el sol más cercano al nuestro, viaja durante 4.5 años antes de llegar a la Tierra. Así de vasto es el espacio que nos rodea. Y después está el espacio intergaláctico, cuya inmensidad escapa a nuestra comprensión. La luz de la galaxia más cercana a la nuestra, Andrómeda, tarda 2.4 millones de años en llegarnos. ¿No es verdaderamente asombroso que nuestro cuerpo sea tan espacioso como el universo?
Así, el cuerpo físico, que es forma, se revela esencialmente informe cuando profundizamos en él. Se convierte en la puerta de entrada hacia el espacio interior. Aunque el espacio interior carece de forma, está intensamente vivo. Ese "espacio vacío" es la vida en toda su plenitud, la Fuente inmanifiesta de la cual fluyen todas las manifestaciones. El vocablo tradicional para designar esa fuente es Dios.
Los pensamientos y las palabras pertenecen al mundo de la forma; no pueden expresar lo informe. Así, cuando decimos, "siento mi cuerpo interior", se trata de una interpretación errada creada por el pensamiento. Lo que sucede realmente es que la conciencia que se presenta como un cuerpo (la conciencia que Yo Soy) está tomando conciencia de sí misma. Cuando dejamos de confundir lo que somos con una forma transitoria del "yo", entonces la dimensión de lo infinito y eterno, Dios, se puede expresar a través de "mí" y guiarme. También nos independiza de la forma. Sin embargo, de nada sirve reconocer a nivel puramente intelectual que "yo no soy esta forma". La pregunta más importante de todas es: ¿puedo sentir en este momento mi propia Presencia, o más bien, la Presencia que Soy Yo?
También podemos abordar esta verdad desde otro punto de referencia. Pregúntese, "¿tengo conciencia no solamente de lo que sucede en este momento, sino del Ahora propiamente, como el espacio viviente atemporal en el cual todo sucede?" Si bien esta pregunta parece no tener relación alguna con el cuerpo interior, le sorprenderá reconocer que al tomar conciencia del espacio del Ahora, sentirá más vida en su interior. Es sentir la vida del cuerpo interior, esa vida que forma parte intrínseca de la alegría de Ser. Debemos entrar en el cuerpo para trascenderlo y descubrir que no somos eso.
En la medida de lo posible, en su vida cotidiana, recurra a la conciencia de su cuerpo interior para crear espacio. Mientras espera, mientras escucha a alguien, mientras se detiene a admirar el cielo, un árbol, una flor, a su pareja, o a un hijo, sienta al mismo tiempo la vida que vibra en su interior. De esa manera, parte de su atención o conciencia permanecerá informe y otra parte estará disponible para el mundo externo de la forma. Cada vez que "habitamos" nuestro cuerpo de esa manera, nos sirve de ancla para permanecer presentes en el Ahora. Nos impide perdernos en el mar de los pensamientos, las emociones o las situaciones externas.
Cuando pensamos, sentimos, percibimos y experimentamos, la conciencia nace a la forma. Reencarna en un pensamiento, un sentimiento, un sentido de percepción, una experiencia. El ciclo de reencarnaciones del cual aspiran a liberarse los budistas sucede continuamente y es solamente en este momento, a través del poder del Ahora, que podemos salir de él. Aceptando completamente la forma del Ahora, nos ponemos interiormente en sintonía con el espacio, el cual es la esencia del Ahora. A través de la aceptación, nuestro interior se hace espacioso y nos mantenemos alineados con el espacio y no con la forma. Es así que traemos el verdadero equilibrio y la perspectiva a nuestra vida.

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