lunes, 9 de mayo de 2011

El estado de samadhi

TAMBIÉN EN LA MEDITACIÓN debemos entrar lentamente en el interior. Y las cosas empiezan a desprenderse gradualmente, una tras otra. Se crea un distanciamiento con todas y cada una de las cosas, y llega un momento en que se siente que todo está lejos, distanciado. Uno se siente que el cadáver de otra persona está tendido en la orilla, pero uno existe. El cuerpo está allí tendido, pero no existe: separado, totalmente independiente y diferenciado.
Cuando conocemos en vida la experiencia de ver la muerte cara a cara, ya no tenemos nada que ver con la muerte. La muerte seguirá viniendo, pero será como hacer una parada; será como cambiarse de ropa, será como tomar caballos de refresco, como ponerse un cuerpo nuevo y emprender un nuevo viaje, por nuevos caminos, hacia mundos nuevos. Pero la muerte nunca será capaz de destruirnos. Esto sólo se puede saber encontrándose con la muerte. Tendremos que conocerla; tendremos que pasar por ella.
Como tenemos tanto miedo a la muerte, ni siquiera somos capaces de meditar. Muchas personas vienen a mí y me dicen que son incapaces de meditar. ¿Cómo puedo decirles que su problema verdadero es otro? Su problema verdadero es el miedo a la muerte… y la meditación es un proceso de muerte. En estado de meditación total llegamos al mismo punto al que llega un muerto. La única diferencia es que el muerto llega allí en estado de inconsciencia, mientras que nosotros llegamos allí conscientemente. Ésta es la única diferencia. El muerto no tiene conocimiento de lo que ha pasado, de cómo se rompió la cáscara y sobrevivió la pulpa. El buscador que practica la meditación sabe que la cáscara y la pulpa se han separado.
El motivo fundamental que impide a la gente practicar la meditación es el miedo a la muerte: no hay otro motivo. Los que temen a la muerte no pueden entrar nunca en el samadhi. El samadhi es una invitación voluntaria a la muerte. Se invita a la muerte: “Ven: estoy preparado para morir. Quiero saber si sobreviviré o no tras la muerte. Y es mejor que lo sepa estando consciente, porque no podré saber nada si el hecho se produce estando inconsciente.”
Así pues, lo primero que os digo es que mientras sigáis huyendo de la muerte ésta os seguirá venciendo; y que el día en que os plantéis y salgáis al encuentro de la muerte, en ese mismo día os dejará la muerte, pero vosotros permaneceréis.
En estos tres días sólo os hablaré de las técnicas por medio de las cuales podéis encontraros con la muerte. Espero que en estos tres días muchos lleguéis a saber morir, muchos seréis capaces de morir. Y si sabéis morir aquí, en esta orilla… Y estamos en una playa increíble. Krishna caminó un día por estas arenas: el mismo Krishna que dijo a Arjuna, durante cierta guerra: “No te preocupes; no temas. No tengas miedo a matar o a ser matado, pues te digo que nadie muere ni nadie mata”. Tampoco ha muerto nadie nunca ni puede morir nadie jamás morir nadie jamás; y todo lo que muere, todo lo que puede morir, ya está muerto. Y lo que no muere ni puede ser matado no tiene manera de morir. Y eso es la vida misma.
Esta noche nos hemos reunido inesperadamente en esta playa por la que caminó una vez el mismo Krishna. Estas arenas han visto caminar a Krishna. La gente debió de creer que Krishna había muerto verdaderamente, pues conocemos la muerte como la única verdad: para nosotros, todo el mundo muere. Este mar, estas arenas, nunca han creído que Krishna muriese; este cielo, estas estrellas y la Luna nunca han creído en la muerte de Krishna.
En concreto, en la vida no hay lugar en ninguna parte para la muerte, pero todos hemos creído que Krishna había muerto. Lo creemos porque siempre nos persigue el pensamiento de nuestra propia muerte. ¿Por qué nos preocupa tanto el pensamiento de nuestra muerte? Estamos vivos ahora mismo; por lo tanto, ¿por qué tenemos tanto miedo a la muerte? ¿Por qué nos asusta tanto morir? En realidad, detrás de este miedo hay un secreto que debemos comprender.
Detrás de ello hay una cierta aritmética, y esta aritmética es muy interesante. Nunca nos hemos visto morir a nosotros mismos. Hemos visto morir a otros, y eso refuerza la idea de que también nosotros tendremos que morir. Por ejemplo, una gota de lluvia vive en el mar con otros millares de gotas, y un día los rayos del sol caen sobre ella y se convierte en vapor, desaparece. Las demás gotas creen que ha muerto, y tienen razón, porque han visto a la gota hace poco y ahora
ha desaparecido. Pero la gota existe todavía en las nubes. Pero ¿cómo van a saberlo las demás gotas hasta que ellas mismas se conviertan en la nube? Para entonces, aquella primera gota habrá caído al mar y se habrá convertido en gota de nuevo. Pero ¿cómo pueden saber esto las demás gotas hasta que ellas mismas emprendan ese viaje?
Cuando vemos morir a alguien de nuestro entorno creemos que las personas ya no existen, que ha muerto una persona más. No nos damos cuenta de que esa persona, sencillamente, se ha evaporado, ha entrado en lo sutil y, a continuación, ha emprendido un nuevo viaje: es una gota que se ha evaporado para convertirse de nuevo en gota. ¿Cómo vamos a verlo? Lo único que nos parece es que se ha perdido una persona más, que una persona más está muerta. Así, todos los días muere alguien; todos los días se pierde alguna gota. Y poco a poco nos invade la certeza de que también nosotros tendremos que morir, de que “también yo moriré”. Después nos domina un temor: “Moriré”. Este temor nos domina porque estamos mirando a los demás. Vivimos observando a los demás, y éste es nuestro problema.
Anoche conté a unos amigos un relato. Una vez, un faquir judío se alteró mucho por sus problemas. ¿Quién no se altera? A todos nos molestan nuestros infortunios, y lo que más nos molesta es ver felices a los demás. También esto tiene su aritmética, la misma aritmética de que hablé en relación con la muerte. Vemos nuestra tristeza y vemos las caras de los demás. No vemos la tristeza en los demás; vemos sus ojos alegres, las sonrisas en sus labios. Si nos miramos a nosotros mismos, vemos que, a pesar de tener problemas interiores, mantenemos la sonrisa exterior. En realidad, la sonrisa es una manera de ocultar la tristeza.
Nadie quiere dar muestras de que es infeliz. Si la persona no puede ser verdaderamente feliz, al menos quiere dar muestras de que ha llegado a ser feliz, porque dar muestras de ser infeliz provoca grandes sentimientos de humillación, de pérdida y de derrota. Por eso mantenemos externamente una sonrisa, e internamente nos quedamos como estamos. Interiormente se siguen acumulando las lágrimas; exteriormente practicamos nuestras sonrisas. Así, cuando alguien nos mira desde el exterior, nos encuentra sonrientes; pero cuando esa persona mira dentro de sí misma encuentra allí tristeza. Y eso se convierte en un problema para él. Cree que todo el mundo es feliz, que solo él es infeliz.
Lo mismo le sucedía a este faquir. Una noche, en sus oraciones a Dios, dijo:
-No te pido que no me envíes infelicidad, porque si merezco la infelicidad entonces debo recibirla, sin duda; pero al menos puedo pedirte que no me envíes tantos sufrimientos. Veo que la gente ríe en el mundo y que yo soy el único que llora. Todo el mundo parece feliz, y yo soy el único infeliz. Todo el mundo parece alegre; yo soy el único triste, perdido en la oscuridad. Al fin y al cabo, ¿qué mal te he hecho? Hazme el favor, te lo ruego: entrégame la infelicidad de alguna otra persona a cambio de la mía. Cambia mi infelicidad por la de cualquier otro que quieras, y la aceptaré.
Aquella noche, mientras dormía, tuvo un sueño extraño. Vio una mansión enorme en la que había millones de ganchos. Entraban allí millones de personas, y cada una llevaba a la espalda un fardo de infelicidad. Al ver tantos fardos de infelicidad se asustó mucho y se desconcertó. Los fardos que llevaban las demás personas eran muy semejantes al suyo. Todos los fardos tenían exactamente el mismo tamaño y forma. Sintió una gran confusión. Siempre había visto sonreír a su vecino; y todas las mañanas, cuando el faquir le preguntaba cómo marchaban las cosas, éste le decía: “Todo va bien”. Y aquel hombre cargaba entonces con la misma cantidad de infelicidad.
Vio a políticos con sus seguidores, a gurús con sus discípulos, y todos llegaban con una carga del mismo tamaño. Los sabios y los ignorantes, los ricos y los pobres, los sanos y los enfermos: todos llevaban una misma carga en sus fardos. El faquir estaba atónito. Veía por primera vez los fardos: hasta entonces, sólo había visto las caras de la gente.
De pronto, una fuerte voz llenó la sala: “¡Colgad vuestros fardos!” Todos, hasta el faquir, hicieron lo que les mandaban y colgaron sus fardos en los ganchos. Todos se apresuraron a quitarse de encima sus problemas; nadie quería cargar con sus desgracias ni un segundo más, y si se nos brindase a nosotros esa misma oportunidad, también los colgaríamos enseguida.
Después se oyó otra voz que decía: “Ahora, cada uno de vosotros debe tomar el fardo que prefiera.” Podemos sospechar que el faquir tomo inmediatamente el fardo de otra persona. Pero no cometió tal error. Aterrorizado, se apresuró a tomar su propio fardo antes de que lo tomara otra persona: de lo contrario, tendría un problema, pues todos los fardos parecían iguales. Pensó que era mejor cargar con su propio fardo: al menos, lo que había en él le resultaba familiar. ¿Quién sabe qué desgracias había en los fardos de los demás? La desgracia que nos resulta familiar es un tipo menor de desgracia: es una desgracia conocida, una desgracia reconocible.
Así, presa de pánico, corrió a tomar su propio fardo antes de que nadie más pudiera ponerle las manos encima. Pero cuando miró a su alrededor descubrió que todos los demás habían corrido también a tomar sus propios fardos; nadie había elegido un fardo que no fuera el suyo. Preguntó:
-¿Por qué tenéis tanta prisa por tomar vuestros propios fardos?
-Nos asustamos –le respondieron-. Hasta ahora, habíamos creído que todos los demás eran felices, que sólo nosotros éramos desgraciados.
A todos los que interrogaba el faquir en aquella casa le respondían que siempre habían creído que todos los demás eran felices.
-Incluso creíamos que tú también eras feliz –le dijeron-. También tú andabas por la calle con una sonrisa. Nunca nos imaginamos que también tú llevabas dentro un fardo de desgracias.
El faquir preguntó, lleno de curiosidad:
-¿Por qué recogisteis vuestros propios fardos? ¿Por qué no los cambiasteis por otros?
-Hoy, cada uno de nosotros ha rezado a Dios diciéndole que queríamos cambiar nuestros fardos de desgracia –le respondieron-. Pero cuando vimos que las desgracias de los demás eran iguales, tuvimos miedo: nunca nos habíamos imaginado tal cosa. De modo que supusimos que era mejor recoger nuestro propio fardo. Es familiar y conocido. ¿Por qué caer en desgracias nuevas? Con el tiempo, también nos acostumbramos a las desgracias viejas.
Aquella noche nadie recogió un fardo que perteneciera a otra persona. El faquir se despertó y dio gracias a Dios misericordioso por haberle permitido recuperar sus viejas desgracias, y decidió no pedir nunca más una cosa así en sus oraciones.
En realidad, esto se basa en la misma aritmética. Cuando miramos las caras de los demás y observamos nuestra propia realidad, entonces es cuando cometemos un gran error. Y en nuestra visión de la vida y de la muerte interviene la misma aritmética errónea. Habéis visto morir a otros, pero nunca os habéis visto morir a vosotros mismos. Vemos las muertes de otras personas, pero nunca llegamos a saber si algo de esas personas sobrevive. Como nos quedamos inconscientes en esos momentos, la muerte sigue siendo una extraña para nosotros. Por lo tanto, es importante que entremos voluntariamente en la muerte. Cuando una persona ve la muerte una sola vez, se libera de ella, triunfa sobre la muerte. En realidad, no tiene sentido decir que ha vencido, porque no hay nada que vencer. Entonces la muerte se vuelve falsa; entonces la muerte, sencillamente, no existe.
Si una persona tiene que sumar dos y dos y escribe “cinco” como respuesta, al día siguiente descubre que dos y dos son cuatro, ¿podría decir que ha triunfado sobre el cinco y lo ha convertido en el cuatro? Diría, más bien, que no se trataba de triunfar: ¡no había cinco! El cinco era un error suyo, una ilusión suya; su cálculo era erróneo; el total era cuatro: él lo había entendido como cinco, y aquél era su error. Cuando uno aprecia el error, allí termina la cuestión. Aquella persona no
podría decirse: “¿Cómo puedo quitarme de encima el cinco? Ahora veo que dos y dos son cuatro, pero antes había obtenido un cinco como suma. ¿Cómo puedo liberarme del cinco?” La persona no pediría esa liberación, porque en cuanto uno descubre que dos y dos son cuatro, allí termina la cuestión. Ya no hay ningún cinco. Por lo tanto, ¿de qué hay que liberarse?
No tenemos que liberarnos de la muerte ni tenemos que triunfar sobre ella. Lo que necesitamos es conocer la muerte. El mismo hecho de conocerla se convierte en libertad; el conocimiento mismo se convierte en la victoria. Por eso dije antes que conocer es poder, que conocer es libertad, que conocer es victoria. El hecho de conocer la muerte hace que se disuelva; entonces, de pronto y por primera vez, nos conectamos con la vida.
Por eso os dije que lo primero que debéis saber de la meditación es que es una entrada voluntaria en la muerte. Lo segundo que quiero decir al respecto es que el que entra voluntariamente en la muerte se encuentra, repentinamente, con la entrada en la vida. Aunque vaya en busca de la muerte, en lugar de encontrarse con la muerte descubre en realidad la vida definitiva. Aunque el propósito de su búsqueda lo lleve a entrar en la mansión de la muerte, acaba en realidad en el templo de la vida.
Dejad que os indique que en los muros del templo de la vida están grabadas las sombras de la muerte. Permitidme también que os indique que los mapas de la muerte están dibujados en los muros del templo de la vida, y que, como huimos de la muerte, en la práctica estamos huyendo también del templo de la vida. Sólo cuando aceptemos la muerte seremos capaces de aceptar estos muros. La deidad de la vida reside entre los muros de la muerte; las imágenes de la muerte están grabadas por toda la superficie del templo de la vida. Sencillamente, hemos estado huyendo de su imagen misma.
Si habéis visitado Khajuraho, habréis visto una cosa extraña: en todos sus muros se han esculpido relieves de escenas sexuales. Las imágenes parecen desnudas y obscenas. Si el que la ve echa a correr, no será capaz de llegar a la deidad que está en el templo interior. Dentro está la imagen de Dios, y fuera hay relieves con imágenes de sexo, de pasión y de cópulas. Los que construyeron los templos de Khajuraho debían de ser un pueblo maravilloso. Representaron una profunda realidad de la vida: dieron a entender que el sexo está allí, en el muro exterior, y que si huimos de allí nunca seremos capaces de alcanzar el brahmacharya, la castidad, porque el brahmacharya está dentro. Si sois capaces de pasar de esos muros, también vosotros alcanzaréis el brahmacharya. En los muros aparece representado el samsara, el mundo mortal, y si huís de él nunca llegaréis a Dios, porque el que está sentado dentro de los muros del samsara es el mismo Dios.
Yo os digo exactamente lo mismo. En alguna parte, en algún lugar, debemos construir un templo en cuyos muros aparezca representada la muerte y en cuyo interior esté la deidad de la vida. Así es la verdad. Pero, como no dejamos de huir de la muerte, nos perdemos también la divinidad de la vida.
Digo ambas cosas a la vez: la meditación es entrar voluntariamente en la muerte, y el que entra voluntariamente en la muerte alcanza la vida. Esto significa que el que se encuentra con la muerte descubre en último extremo que la muerte ha desaparecido y que él está abrazado por la vida. Esto parece bastante contradictorio; ir en busca de la muerte para encontrarse con la vida; pero no lo es.
Por ejemplo, yo estoy vestido con ropas. Ahora bien, si venís en mi busca, os encontraréis en primer lugar con mis ropas, a pesar de que yo no soy las ropas. Y si os asustáis de mis ropas y salís corriendo, entonces no podréis conocerme jamás. Pero si os acercáis a mí cada vez más, sin asustaros de mis ropas, entonces encontraréis debajo de mis ropas mi cuerpo. Pero el cuerpo, en un sentido más profundo, también es una vestidura, y si huyeseis de mi cuerpo no encontrarías al que está dentro de mí. Si no os asustaseis del cuerpo y prosiguieseis vuestro viaje hacia el interior, sabiendo que también el cuerpo es una vestidura, entonces os contrarías sin duda con el que está dentro, con aquel al que todos desean conocer.
¡Qué interesante es que el muro esté compuesto por el cuerpo y que lo divino esté dentro, lleno de gracia! El muro está hecho de materia, y dentro está lo divino, la conciencia asentada en la gloria. Son cosas bien opuestas: el muro de materia y la divinidad de vida. Si lo entendéis bien, sabréis que el muro está hecho de muerte y que lo divino está hecho de vida.
Cuando un pintor pinta un cuadro, si desea hacer resaltar el color blanco lo sitúa sobre un fondo oscuro. Las líneas blancas resultan claramente visibles sobre el fondo oscuro. Si alguien se asustase del negro, no sería capaz de llegar al blanco. Pero es que no sabría que es el negro lo que hace resaltar el blanco.
De mismo modo, las rosas en flor están rodeadas de espinas. Si alguien se asustase de las espinas, también quedaría privado de las flores. Pero el que acepta las espinas y se acerca a ellas sin temor descubre con asombro que las espinas sólo sirven para proteger a la flor, que su único fin es servir de muro exterior para la flor: son el muro protector. La flor brota entre las espinas; las espinas no son enemigas de la flor. Las flores forman parte de las espinas, y las espinas forman parte de las flores: ambas han surgido de una misma fuerza vivificadora de la planta.
Lo que llamamos vida y lo que llamamos muerte forman parte, ambas cosas, de una vida más amplia. Yo estoy respirando. Sale una bocanada de aire; entra una bocanada de aire. La misma bocanada de aire que sale vuelve a entrar al cabo de un tiempo, y la misma bocanada de aire que entra vuelve a salir al cabo de un tiempo. Inspirar es la vida, espirar es la muerte. Pero ambos son pasos de una vida más amplia: de la vida y la muerte que caminan juntas. El nacimiento es un paso, la muerte es otro paso. Pero si pudiéramos ver, sí pudiéramos penetrar, alcanzaríamos la visión de la vida más amplia.
En estos tres días practicaremos la meditación de entrar en la muerte. Y yo os hablaré de muchas de sus dimensiones. Hoy practicaremos la meditación del primer día. Permitidme que os explique algunas cosas sobre ella.
Ya debéis de haber comprendido mi punto de vista: tenemos que alcanzar un punto interior, muy dentro de nosotros, donde no hay posibilidad de morir. Tenemos que soltar toda la circunferencia exterior, tal como sucede en la muerte. En la muerte, el cuerpo se suelta, los sentimientos se sueltan, los pensamientos se sueltan, la amistad se suelta, la enemistad se suelta: todo se suelta. Todo el mundo exterior se marcha; sólo quedamos nosotros, sólo queda el yo, sólo queda en alto la conciencia.
También en la meditación debemos soltarlo todo y morir dejando únicamente al observador, al testigo interior. Y esta muerte se producirá. En estos tres días de meditación, si tenéis el valor de morir y de soltar a vuestro yo, puede producirse un fenómeno que se llama samadhi.
Recordadlo: “samadhi” es una palabra maravillosa. El estado de meditación total se llama “samadhi”, y también llamamos “samadhi” a la tumba que se construye tras la muerte de una persona. ¿Lo habías pensado alguna vez? Ambos se llaman “samadhi”. En realidad, ambos comparten un secreto, ambos tienen un punto común de coincidencia.
En realidad, para la persona que alcanza el estado de samadhi, su cuerpo es como una tumba: nada más. Después, llega a advertir que hay alguien más dentro; fuera, no hay más que oscuridad.
Tras la muerte de una persona cavamos una tumba y la llamamos “samadhi”. Pero este samadhi lo construyen otros. Si somos capaces de crear nuestro propio samadhi antes de que lo construyan otros, entonces hemos creado el fenómeno que estamos deseando. Sin duda, otros tendrán ocasión de cavar nuestra tumba, pero es posible que nosotros perdamos la oportunidad de crear nuestro propio samadhi. Si somos capaces de crear nuestro propio samadhi, entonces en ese estado sólo morirá el cuerpo, y no habrá posibilidad de que muera nuestra conciencia. Nunca hemos muerto ni podemos morir jamás. Nadie ha muerto nunca, ni nadie puede morir jamás. Pero, para saberlo, tendremos que recorrer todos los pasos que llevan hasta el fondo de la muerte.
Quiero mostraros tres pasos que daremos. Y ¿quién sabe? Quizás se produzca este fenómeno en esta misma playa y podáis tener vuestro samadhi: no el samadhi que construyen los demás, sino el que uno crea con su propia voluntad.
Hay tres pasos. El primer paso es relajar el cuerpo. Tenéis que relajar el cuerpo hasta tal punto que empecéis a sentir que vuestro cuerpo está a cierta distancia de vosotros. Tenéis que recoger toda la energía de vuestro cuerpo y llevarla dentro. Toda la energía que tiene el cuerpo se la entregamos nosotros. El cuerpo recibe tanta energía como nosotros le entreguemos; el cuerpo pierde tanta energía como nosotros le recogemos.
¿Habéis notado una cosa? Cuando os peleáis con otra persona, ¿de dónde recibe el cuerpo toda esa energía añadida? En ese estado de ira, podéis levantar una piedra tan grande que no serías capaces ni de moverla en estado de calma. Aunque es obra de vuestro cuerpo, ¿no os habéis preguntado de dónde salió la energía? Vosotros introdujisteis la energía: se necesitaba; estabais en apuros; había peligro: estabais cara a cara con el enemigo. Sabíais que vuestra vida estaba en peligro si no levantabais la piedra, e introdujisteis toda vuestra energía en el cuerpo.
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