viernes, 22 de julio de 2011

El cuerpo no es el enemigo

Si estás corriendo y el correr se ha vuelto la totalidad de tu exis­tencia; si eres las sensaciones que vienen a ti -no algo aparte de ellas sino uno con ellas-; si no hay futuro, si este correr no tiene una meta -si el propio correr es la meta-, entonces conoces un bienestar positivo. Entonces tu cuerpo no está tenso; acabas de conocer un instante de vida sin tensión a nivel físico.
La tensión en el cuerpo la han creado aquellos que, en nombre de la religión, han estado predicando actitudes anti-corporales. En occidente, el cristianismo ha sido categóricamente antagonista con el cuerpo. Se ha creado una división falsa, un abismo entre tú y tu cuerpo; entonces toda tu actitud provoca que se cree tensión. No puedes comer de forma relajada, no puedes dormir relajada­mente; todas las actividades del cuerpo se vuelven una tensión. El cuerpo es el enemigo, pero no puedes existir sin él. Tienes que per­manecer con él, tienes que vivir con tu enemigo; se crea una ten­sión constante, nunca puedes llegar a relajarte.
El cuerpo no es tu enemigo, de ningún modo está en contra tuya, ni siquiera es indiferente a ti. La propia existencia del cuerpo es felicidad. En el momento que veas al cuerpo como un regalo, como un regalo divino, te acercarás al cuerpo. Lo amarás, lo sen­tirás, descubrirás las sutilezas de sus sentidos.
Nunca podrás sentir el cuerpo de otra persona si no sientes tu propio cuerpo, nunca podrás amar el cuerpo de otra persona si no amas tu propio cuerpo; es imposible. No puedes cuidar el cuerpo de otra persona si no has cuidado tu propio cuerpo; ¡y nadie lo cuida! Tal vez digas que lo cuidas, pero insisto: nadie lo cuida. Incluso aunque aparentemente lo cuides, no lo cuidas realmente. El motivo de tus cuidados reside en la opinión ajena, en que su aspecto sea agradable a los ojos de los demás; nunca cuidas de tu cuerpo para ti mismo. No amas tu cuerpo, y si no lo amas no puedes estar en él.
Ama tu cuerpo y sentirás una relajación como nunca habías sen­tido antes. Amar es relajante. Cuando hay amor, hay relajación. Si amas a alguien, si entre tú y él o tú y ella hay amor, con el amor lle­gará la música de la relajación. La relajación está ahí.
Cuando te sientes relajado con alguien es señal de que hay amor. Si no puedes relajarte con alguien, no le amas; el otro, el ene­migo, siempre está ahí. Por eso Sartre ha dicho: «El otro es el infierno». Para Sartre el infierno está ahí, es inevitable que así sea. Cuando el amor no fluye entre dos personas, el otro es el infierno; pero cuando el amor fluye, el otro es el cielo. Que el otro sea el infierno o el cielo depende de si fluye o no fluye el amor.
Cuando el amor fluye, un silencio desciende. El lenguaje se pierde; las palabras pierden su significado. Tienes demasiado que decir y, al mismo tiempo, nada que decir. El silencio te envuelve, y en ese silencio el amor florece. Estás relajado. En el amor no hay futuro, no hay pasado; sólo hay pasado cuando el amor muere. Sólo recuerdas el amor cuando está muerto, un amor vivo nunca se recuerda; está vivo, no hay un espacio vacío para recordarlo. El amor se manifiesta en el presente; no hay futuro y no hay pasa­do.
Si amas a alguien no necesitas fingir. Puedes ser simplemente lo que eres. Puedes sacarte la máscara y relajarte. Cuando el amor no fluye tienes que llevar la máscara. Estás en continua tensión por­que el otro está ahí; tienes que fingir, tienes que estar en guardia. Tienes que ser agresivo o defensivo: es una lucha, una pugna; no puedes relajarte.
La felicidad del amor es más o menos la felicidad de la relaja­ción. Te sientes relajado, puedes ser lo que eres, puedes estar des­nudo, mostrarte tal como eres. No necesitas preocuparte por ti, no necesitas fingir. Puedes ser abierto, vulnerable, y en ese espacio estás relajado.
Este mismo fenómeno ocurre si amas tu cuerpo: entonces te relajas, lo cuidas. No es algo inadecuado; amar tu cuerpo no es nar­cisista. De hecho, es el primer paso hacia la espiritualidad.

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