domingo, 5 de febrero de 2012

La educacion global

La inteligencia es la capacidad de abordar la vida como una totalidad; y el hecho de otorgar calificaciones al estudiante no asegura la inteligencia.  Por el contrario, degrada la dignidad humana.  Esta evaluación comparativa mutila la mente -lo cual no quiere decir que el maestro no deba observar el progreso de cada estudiante y llevar un registro de ello-.  Los padres, naturalmente ansiosos por conocer el progreso de sus hijos, querrán un informe; pero si, desafortunadamente, no comprenden lo que el maestro está tratando de hacer, el informe se convertirá en un instrumento de coacción para producir los resultados que ellos desean, y de ese modo desvirtuarán la tarea del educador.



Los padres deben comprender la clase de educación que la escuela se propone impartir.  Por lo general, se satisfacen con ver que sus hijos se preparan para obtener algún título que les asegure buenos medios de vida.  Muy pocos se interesan en algo más que esto.  Desde luego, desean ver a sus hijos felices, pero más allá de este vago anhelo, muy pocos piensan en el desarrollo total de los niños.  Como casi todos los padres ansían, por encima de cualquier otra cosa, que sus hijos tengan una carrera de éxito, los fuerzan con amenazas o les intimidan afectuosamente para que adquieran conocimientos, y así es como el libro se vuelve tan importante; esto va acompañado por el mero cultivo de la memoria, por la mera repetición, sin que tras ello exista la calidad de un verdadero pensar.
Tal vez, la mayor dificultad que debe afrontar el educador es la indiferencia de los padres a una educación más amplia y profunda.  La mayoría de ellos se interesa solamente en el cultivo de algún conocimiento superficial que asegure a sus hijos posiciones respetables en una sociedad corrupta.  Así que el educador no sólo ha de educar a los niños del modo correcto, sino también ha de ver que los padres no deshagan lo que de bueno pueda haberse hecho en la escuela.  En realidad, la escuela y el hogar deben ser centros mancomunados de educación correcta; de ninguna manera han de oponerse entre sí, con los padres deseando una cosa y el educador haciendo algo por completo diferente.  Es muy importante que los padres sean plenamente informados de lo que el educador está haciendo y se interesen vitalmente en el desarrollo total de sus hijos.  Es tanto responsabilidad de los padres ver que esta clase de educación sea llevada a la práctica, como de los maestros, cuya carga ya es suficientemente pesada.  Un desarrollo total del niño sólo puede producirse cuando existe la correcta relación entre el maestro, el estudiante y los padres.  Como el educador no puede ceder a las fantasías pasajeras o las obstinadas exigencias de los padres, es necesario que éstos comprendan al educador y cooperen con él, sin generar conflicto y confusión en sus hijos.
La curiosidad natural del niño, el impulso de aprender existe desde el principio mismo, y sin duda debe ser alentado inteligentemente de manera constante, a fin de que se mantenga vital y sin distorsión alguna; ello habrá de conducirlo gradualmente al estudio de una variedad de materias.  Si esta avidez por aprender es estimulada en el niño todo el tiempo, entonces su estudio de las matemáticas, de la geografía, de la historia, de la ciencia o de cualquier otra materia no será un problema, ni para el niño ni para el educador.  El aprendizaje se facilita cuando hay una atmósfera dichosa de afecto y atenta solicitud.
La apertura emocional y la sensibilidad pueden cultivarse únicamente cuando el estudiante se siente seguro en la relación con sus maestros.  El sentimiento de seguridad es una necesidad primordial en los niños.  Hay una diferencia inmensa entre el sentimiento de seguridad y el sentimiento de dependencia.  Consciente o inconscientemente, la mayoría de los educadores cultiva el sentimiento de dependencia y, por lo tanto, alienta sutilmente el temor, lo cual también hacen los padres a su propia manera, afectuosa o agresiva.  La dependencia es producida en el niño por las aseveraciones autoritarias o dogmáticas de los padres y de los maestros acerca de lo que el niño debe ser y hacer.  La dependencia va siempre acompañada por la sombra del temor, y este temor obliga al niño a obedecer, a amoldarse, a aceptar sin reflexión los edictos y las sanciones de sus mayores.  En esta atmósfera de dependencia queda aplastada la sensibilidad; pero cuando el niño sabe y siente que está seguro, su florecimiento emocional no se ve bloqueado por el temor.
Este sentido de seguridad en el niño no es lo opuesto a la inseguridad.  Implica que se siente tan cómodo en la escuela como en su propia casa, siente que él puede ser lo que es sin que lo fuercen en modo alguno, que puede subirse a un árbol sin que lo reprendan si llega a caerse.  Este sentido de seguridad puede tenerlo sólo si los padres y los educadores están profundamente interesados en el bienestar del niño.
Es importante que el niño, en la escuela, se sienta tranquilo, completamente seguro desde el primer día.  Esta primera impresión es fundamental.  Pero si el educador, artificialmente, por diversos medios trata de ganarse la confianza del niño y le permite hacer lo que a éste le plazca, entonces está cultivando la dependencia, no le transmite al niño el sentimiento de que está seguro, de que se encuentra en un lugar donde hay personas hondamente interesadas en su bienestar total.
El propio impacto de esta nueva relación basada en la confianza, relación que tal vez el niño jamás había conocido antes, contribuirá a una comunicación natural en la que el joven no considerará a los mayores como una amenaza a la que debe temer.  Un niño que se siente seguro tiene sus propios medios naturales de expresar el respeto que es esencial para el aprendizaje.  Este respeto está despojado de toda autoridad, de todo temor.  Cuando el niño tiene este sentimiento de seguridad, su conducta o comportamiento no es algo impuesto por los mayores, sino que se vuelve parte del proceso de aprender.  A causa de que se siente seguro en su relación con el maestro, el niño será naturalmente atento; es sólo en esta atmósfera de seguridad donde pueden florecer la apertura emocional y la sensibilidad.  Sintiéndose cómodo, seguro, el niño hará lo que le gusta; pero al hacer lo que le gusta descubrirá qué es lo correcto, y su conducta no se deberá entonces a la resistencia ni a la obstinación ni a sentimientos reprimidos ni a la mera expresión de un impulso momentáneo.
La sensibilidad implica ser sensible a todo lo que nos rodea: a las plantas, a los animales, a los árboles, al cielo, a las aguas del río, al pájaro que vuela; y también a los estados de ánimo de las personas a nuestro alrededor, al extraño que pasa cerca de nosotros.  Esta sensibilidad genera la cualidad de una respuesta generosa, no calculada, que constituye la verdadera moralidad y conducta.  Siendo sensible, el niño tendrá una conducta abierta y sin reservas; por lo tanto, una simple sugerencia por parte del maestro será aceptada fácilmente, sin resistencia ni fricción alguna.
Como estamos interesados en el desarrollo total del ser humano, debemos comprender sus impulsos emocionales, que son mucho más fuertes que cualquier razonamiento intelectual; tenemos que cultivar la capacidad emocional y no contribuir a reprimirla.  Cuando comprendamos esto y, por consiguiente, seamos capaces de tratar tanto con los problemas emocionales como con los intelectuales, no habrá ninguna razón para temer abordarlos.
Para el desarrollo total del ser humano, se vuelve indispensable la soledad, como un medio de cultivar la sensibilidad.  Uno tiene que saber lo que es estar solo, lo que es meditar, lo que es morir; y las ¡aplicaciones de la soledad, de la meditación, de la muerte, sólo pueden ser conocidas si uno las anhela.  Estas aplicaciones no pueden ser enseñadas, tienen que ser aprendidas.  Uno puede indicar, pero aprender a base de lo indicado no es experimentar la soledad o la meditación.  Para experimentarlas, uno debe hallarse en un estado de investigación; sólo una mente que investiga es capaz de aprender.  Pero cuando la investigación es suprimida por el conocimiento previo o por la autoridad y la experiencia de otro, el aprender se vuelve mera imitación, y la imitación hace que un ser humano repita lo aprendido sin experimentarlo.
La enseñanza no consiste tan sólo en impartir información, sino que es el cultivo de una mente inquisitivo.  Una mente así penetrará en el problema de lo que es la religión y no aceptará meramente las religiones establecidas, con sus templos y rituales.  La búsqueda de Dios, de la verdad o como guste uno llamarlo -y no la mera aceptación de la creencia y el dogma- es la verdadera religión.
Tal como el estudiante lava sus dientes todos los días, se baña todos los días, así también tiene que existir la acción de sentarse quietamente con otros o a solas.  Esta soledad creativa no puede ser producida por la enseñanza o impulsada por la autoridad externa de la tradición o inducida por la influencia de aquéllos que desean sentarse quietamente, pero son incapaces de permanecer solos.  Esta soledad ayuda a la mente a que se vea con claridad a sí misma como en un espejo y a que se libere del inútil esfuerzo de la ambición con todas sus complejidades, temores y frustraciones que son el resultado de la actividad egocéntrico.  La soledad confiere estabilidad a la mente, la da una constancia que no puede ser medida en términos de tiempo.  Esa claridad de la mente es el carácter.  La falta de carácter es el estado de contradicción interna.
Ser sensible es amar.  La palabra "amor" no es el amor.  Y el amor no puede dividirse como el amor a Dios y el amor al hombre, ni puede medirse como el amor a uno solo y el amor a muchos.  El amor se brinda a sí mismo tal como una flor da su perfume; pero nosotros estamos siempre midiendo el amor en nuestras relaciones y, debido a eso, lo destruimos.
El amor no es un producto del reformador o del trabajador social, no es un instrumento político con el que se pueda crear acción.  Cuando el político y el reformador hablan de amor, están usando la palabra sin tocar la realidad que implica, porque el amor no puede ser empleado como un medio para un fin, ya sea éste inmediato o se encuentre en el lejano futuro.  El amor pertenece a toda la Tierra y no a un campo o bosque en particular.  El amor de la realidad no puede ser abarcado por ninguna religión; y cuando las religiones organizadas lo usan, deja de existir.  Las sociedades, las religiones organizadas y los gobiernos totalitarios, perseverando en sus múltiples actividades, destruyen inconscientemente ese amor que, cuando actúa, se convierte en pasión.
En el desarrollo total del ser humano mediante la correcta educación, la calidad del amor debe ser nutrida y sostenida desde el comienzo mismo. El amor no es sentimentalismo ni es devoción.  Es tan poderoso como la muerte.  El amor no puede ser comprado mediante el conocimiento; y una mente que, sin amor, persigue el conocimiento, es una mente que trafica con la crueldad y aspira meramente a la eficiencia.
De modo que el educador debe interesarse desde el principio mismo en esta calidad del amor, la cual es humildad, delicadeza, consideración, paciencia y cortesía.  La modestia y la cortesía son innatas en el hombre que ha tenido una educación apropiada; él es atento con todo, incluyendo los animales y las plantas, y esto se refleja en su conducta y en su manera de hablar.
El énfasis en esta calidad del amor libera a la mente del ensimismamiento en su ambición, en su codicia y en su afán adquisitivo. ¿Acaso el amor no tiene, en relación con la mente, un refinamiento que se expresa como respeto y buen gusto? ¿Acaso no produce la purificación de la mente, la que de otro modo tiene una tendencia a fortalecerse en la arrogancia?  El refinamiento en la conducta no es un ajuste autoimpuesto o el resultado de una exigencia externa; surge espontáneamente, con la calidad del amor.  Cuando hay una comprensión del amor, entonces el sexo y todas las complicaciones y sutilezas de la relación humana pueden abordarse con sensatez y no con excitación y aprensión.
El educador para quien es de primordial importancia el desarrollo total del ser humano, tiene que comprender las ¡aplicaciones del impulso sexual que juega un papel tan importante en nuestra vida y, desde el principio mismo, ha de afrontar la natural curiosidad de los niños, sin que en ello se manifieste un interés morboso.  El impartir meramente información biológica a los adolescentes puede conducir a la experimentación de lujuria, si no se percibe la calidad del amor.  El amor libera del mal a la mente.  Sin amor y sin comprensión por parte del educador, el mero separar a los muchachos de las chicas, ya sea con alambre de púas o con edictos, no hace sino fortalecer su natural curiosidad y estimular esa pasión que forzosamente tiene que degenerar en mera satisfacción.  Por lo tanto, es esencial que los muchachos y las chicas sean educados juntos, de manera apropiada.
Esta calidad del amor también tiene que expresarse cuando uno realiza trabajos manuales, tales como la jardinería, la carpintería, la pintura, la artesanía; y a través de los sentidos, cuando uno mira los árboles, las montañas, la riqueza de la Tierra, la pobreza que los hombres han creado entre ellos mismos; y también al escuchar música, el canto de los pájaros, el murmullo de las aguas que corren.
Estamos interesados no sólo en el cultivo de la mente y en el despertar de la sensibilidad emocional, sino también en un cabal desarrollo físico, y a esto debemos dedicar una atención considerable.  Porque si el cuerpo no es sano, vital, distorsionará inevitablemente el pensamiento y contribuirá a la insensibilidad.  Esto es tan obvio que no necesitamos examinarlo en detalle.  Es necesario que el cuerpo goce de una excelente salud, que se le proporcione la clase apropiada de alimentación y duerma lo suficiente.  Si los sentidos no están alerta, el cuerpo impedirá el desarrollo total del ser humano.  Para tener gracia en los movimientos y un control bien equilibrado de los músculos, tienen que haber diversas formas de ejercicios, danzas y juegos.  Un cuerpo que no se conserva limpio, que es descuidado y no se mantiene en una postura correcta, no conduce a la sensibilidad de la mente y de las emociones.  El cuerpo es el instrumento de la mente; pero el cuerpo, las emociones y la mente componen el ser humano total.  A menos que vivan armoniosamente, el conflicto es inevitable.
El conflicto contribuye a la inestabilidad.  La mente puede dominar el cuerpo y reprimir los sentidos, pero debido a eso toma el cuerpo insensible; y un cuerpo insensible se convierte en un obstáculo para el vuelo pleno de la mente.  La mortificación del cuerpo no conduce en absoluto a la búsqueda de niveles más profundos de conciencia; y esto sólo es posible cuando la mente, las emociones y el cuerpo no se contradicen entre sí sino que están integrados, operan al unísono sin esfuerzo alguno, sin ser dirigidos por ninguna creencia, ningún concepto o ideal.
En el cultivo de la mente, nuestro acento no debe estar puesto en la concentración sino en la atención.  La concentración es un proceso de forzar la mente, restringiéndola a un punto, mientras que la atención carece de fronteras.  En ese proceso, la mente está siempre limitada por una frontera, pero cuando nuestro interés es comprender la totalidad de la mente, la mera concentración se vuelve un impedimento.  La atención es ¡limitada, sin las fronteras del conocimiento.  El conocimiento llega mediante la concentración y, cualquiera sea la extensión del conocimiento, sigue estando dentro de sus propias fronteras.  En el estado de atención la mente puede y debe usar el conocimiento, el cual, por necesidad, es un resultado de la concentración; pero la parte jamás es el todo, y juntando entre sí las múltiples partes no se contribuye a la comprensión de lo total.  El conocimiento, que es el proceso aditivo de la concentración, no produce la comprensión de lo inmensurable.  Lo total no se encuentra nunca encerrado entre los corchetes de una mente concentrada.
La atención es, entonces, de primordial importancia, pero no se obtiene mediante el esfuerzo de la concentración.  Es un estado en el que la mente está siempre aprendiendo, sin un centro alrededor del cual el conocimiento se acumule como experiencia.  Una mente que se concentra sobre sí misma, usa el conocimiento como un medio para su propia expansión; y una actividad semejante se vuelve contradictoria y antisocial.
Aprender, en el verdadero sentido de la palabra, sólo es posible en ese estado de atención en el que no existe compulsión externa ni interna.  El recto pensar surge sólo cuando la mente no se halla esclavizada por la tradición y la memoria.  Es la atención la que permite que el silencio dé con la mente, lo cual abre la puerta a la creación.  Por eso la atención es de extrema importancia.
El conocimiento es necesario en el nivel funcional, como un medio de cultivar la mente y no como un fin en sí mismo.  Estamos interesados no en el desarrollo de una capacidad determinada, como la de matemático o científico o músico, sino en el desarrollo total del estudiante como ser humano.
¿Cómo ha de originarse el estado de atención?  No puede ser cultivado mediante la persuasión, la comparación, la recompensa o el castigo, que son todas formas de coacción.  La eliminación del temor es el principio de la atención.  El temor debe existir, por fuerza, en tanto haya un ¡impulso de ser o llegar a ser esto o aquello, lo cual constituye la persecución del éxito con todas sus frustraciones y tortuosas contradicciones.  Uno puede enseñar concentración, pero la atención no puede enseñarse, tal como es imposible enseñar la libertad con respecto al temor; pero podemos empezar a descubrir las causas que producen el temor y, en la comprensión de estas causas, está la eliminación del temor.  Así, la atención surge espontáneamente cuando alrededor del estudiante hay una atmósfera de bienestar, cuando él tiene la sensación de hallarse seguro, tranquilo, y advierte la acción desinteresada que llega con el amor.  El amor no compara; de ese modo se terminan la envidia y la tortura del "llegar a ser".
El descontento general que casi todos, jóvenes o viejos, experimentamos, pronto encuentra una vía de satisfacción y, de esa manera, nuestras mentes se echan a dormir.  El descontento se despierta de vez en cuando a causa del sufrimiento, pero la mente vuelve a buscar una solución gratificadora.  Se halla atrapada en esta rueda de la insatisfacción y la gratificación, y el constante despertar a través del dolor es parte de nuestro descontento.  El descontento es la vía de la investigación, pero no puede haber investigación si la mente está atada a la tradición, a los ideales.  La investigación es la llama de la atención.
Por descontento entiendo el estado en que la mente comprende lo que es lo real, e investiga constantemente para descubrir más.  Es un movimiento para ir más allá de las limitaciones de lo que es; y si uno encuentra caminos y medios con los cuales sofocar o superar el descontento, entonces aceptará las limitaciones de la actividad egocéntrico y de la sociedad en que vive.
El descontento es la llama que quema los desechos de la satisfacción, pero la mayoría de nosotros busca disiparla de diversas maneras.  Nuestro descontento se convierte entonces en la persecución del "más", en el deseo de una casa más grande, un automóvil mejor, etc., todo lo cual se halla dentro del campo de la envidia; y es la envidia la que sostiene un descontento semejante.  Estoy hablando de un descontento en el que no existen la envidia ni la codicia del "más", un descontento que no está alimentado por ningún deseo de satisfacción.  Este descontento es un estado puro que existe en cada uno de nosotros, si no se lo apaga a causa de una mala educación, mediante soluciones gratificadoras, la ambición o la persecución de un ideal.  Cuando comprendamos la naturaleza del verdadero descontento, veremos que la atención forma parte de esa llama ardiente que consume la pequeñez y deja a la mente libre de las limitaciones que implican las búsquedas y gratificaciones que la encierran dentro de sí misma.
Así, la atención surge solamente cuando existe una investigación que no se basa en el progreso propio o en la gratificación.  Esta atención debe ser cultivada en el niño, desde el comienzo mismo.  Ustedes encontrarán que cuando hay amor -que se expresa mediante la humildad, la cortesía, la paciencia, la delicadeza- ya están libres de las barreras que erige la insensibilidad; de ese modo están ayudando a generar este estado de atención en el niño desde una edad muy temprana.
La atención no es algo que pueda aprenderse, pero ustedes pueden ayudar a despertarla en el estudiante, no creando a su alrededor ese sentido de compulsión que produce una existencia contradictoria en sí misma.  Entonces, la atención del niño puede ser enfocada en cualquier momento sobre un tema determinado, y no será la estrecha concentración producida por el impulso compulsivo de adquisición o logro.
Una generación de niños educados de esta manera estará libre del afán adquisitivo y del temor, que son la herencia psicológica de sus padres y de la sociedad en que han nacido; y a causa de que han sido educados así, no dependerán de la herencia de la propiedad.  Esta cuestión de la herencia es destructivo: impide que sean verdaderamente independientes y limita la inteligencia, porque engendra una sensación falsa de seguridad que los hace sentirse seguros de sí mismos sin base alguna, creando así una oscuridad mental en la que nada nuevo puede florecer.  Pero una generación de seres humanos educados de esta manera por completo diferente -que hemos estado considerando- creará una nueva sociedad; porque ellos tendrán la capacidad nacida de esta inteligencia no trabada por el temor.
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