miércoles, 17 de octubre de 2012

Adoctrinamiento religioso


Como señala acertadamente Antonio Gramsci, para cambiar la sociedad no es necesario hacerse con el poder político; es suficiente con hacer pensar a las personas de manera diferente. Para hacer que algo –como la religión- se introduzca en la sociedad y pase a ser un elemento dominante de la cultura, se requiere el dominio de un instrumento bastante efectivo: el adoctrinamiento religioso; que se inocula durante la infancia y que, debidamente alimentado a través de la cultura y las tradiciones, permanece arraigado de por vida en la mente de los adultos. El adoctrinamiento religioso permite explicar por qué personas con amplios conocimientos sobre las distintas áreas del saber, científicos, personas cultas e inteligentes; siguen aferradas a ideas manifiestamente irracionales y, en todo caso, carentes de evidencia empírica que las sustente. 

 
Los “entrenadores de almas” saben bien que las ideas penetran mejor en los cerebros tiernos y por eso las religiones siempre se han ocupado de “educar” a los más pequeños. La Iglesia católica es experta en adoctrinar infantes. En 1597 el religioso español José de Calasanz fundó en Roma las Escuelas Pías con la finalidad de proporcionar una educación basada en la fe y en las letras a los niños pobres y abandonados. 

A principios de la década de 1990 el sacerdote Gonzalo Carbó puso en marcha en Valencia una “innovadora pedagogía” denominada: “El oratorio de los niños pequeños”. El método consiste en poner a los más pequeños a hablar con su amigo imaginario Jesús, algo que ellos llaman la oración contemplativa. Las sesiones semanales son de 30´ y se realizan en grupos reducidos de 12-14 niños de edades entre 5 y 12 años. Se comienza por orar en intimidad o “en secreto”, según explica la propia web escolapia; posteriormente “…se ora con la Palabra: la escuchan, aprenden, la aplican a su vida o la cantan...y después se hace una oración en común”. Pero aquí no acaba el lavado de cerebro de los infantes, según Carbó: “Además, (los niños) se hacen misioneros de la experiencia para llevarla y comunicarla a sus padres”. 

En España, la primera comunión se suele celebrar a los 9 o 10 años, con una preparación previa (la catequesis) que suele durar entre 2 y 3 años (una vez por semana); pero existe un debate actual en el seno de la Iglesia católica para adelantar este sacramento iniciático a antes de los 7 años. Si esta iniciativa prosperase, los niños comenzarían su adoctrinamiento religioso a los 5 años, un auténtico atentado para sus frágiles mentes. Según palabras del Obispo Antonio Cañizares, prefecto de la congregación para el Culto Divino (o sea, el encargado de los sacramentos) es preciso adelantarlo porque: "Lo que está pasando a los pequeños y al ambiente tan adverso en el que crecen…los niños viven sumergidos en miles dificultades, rodeados por un ambiente difícil que no les anima a ser lo que Dios quiere de ellos, muchos, víctimas de la familia". Este argumento presenta una primera falacia: Suponer que un ser inexistente (dios) desea que los niños sean de una forma determinada. ¿No será más bien lo que usted, Obispo Cañizares, desea que sean los niños?. La segunda parte de que muchos (algunos no) niños son víctimas de su propia familia raya en lo obsceno y parece más propio de una mente totalitaria. Por lo visto, vivir en un ambiente culturalmente abierto donde el niño tiene más acceso al mundo (TV, radio, Internet), y omito deliberadamente el apellido “real” porque mundo sólo hay uno, el que percibimos con los sentidos; parece peligroso para los “guardianes de la moral”. Por lo visto, la familia que adopta mayoritariamente un patrón laico de vida es claramente perniciosa para la posterior inoculación de ideas tan absurdas como el pecado, el cielo o el infierno.

La Iglesia católica necesita catequizar antes porque la religión necesita adoctrinar antes de que la razón ocupe su digno lugar en nuestro cerebro. Se trata de una carrera entre la razón y la fe cuya meta es la conquista de las mentes más dúctiles. Las religiones quieren impedir o, al menos obstaculizar, la llegada de ideas racionales a las mentes infantiles y así evitar que durante la catequesis, un niño cualquiera al ser preguntado: ¿qué significa la fe?, responda: “La fe es lo que hay que tener para creer lo que dicen los curas”.
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