jueves, 14 de marzo de 2013

¿Puede haber mejor regalo?

Piensa en alguien que te desagrade: alguien a quien sueles tratar de evitar, porque su presencia te produce sentimientos negativos. Imagina que estás ahora mismo en presencia de es persona y observa cómo surgen las emociones negativas...

Es perfectamente posible que imagines a alguien pobre, lisiado, ciego o cojo Comprende ahora que, si invitas a tu casa a esa persona, ese mendigo que anda por las plazas y las calles, es decir, si la invitas a estar en tu presencia, ella te ofrecerá algo que ninguno de tus encantadores y amables amigos, por muy rico que sea, pueden ofrecerte. Te revelará a ti mismo tu propio ser y la naturaleza humana: una revelación tan valiosa como cualquiera de las que pueden hallarse en los libros sagrados, porque ¿de qué te vale conocer todas las Escrituras si no te conoces a ti mismo y, consiguientemente, vives como si fueras un "robot"? La revelación que este mendigo va a hacerte servirá para ensanchar tu corazón hasta que haya espacio en él para toda criatura viviente. ¿Puede haber mejor regalo? Trata de verte ahora reaccionando negativamente y hazte la siguiente pregunta: "Tengo yo el control de esta situación o, por el contrario, es la situación la que me domina a mí?" Esa es la primera revelación. Y a continuación viene la segunda: la manera de controlar esta situación consiste en que tengas el control de ti mismo, cosa que en realidad no sucede. ¿Cómo se logra este dominio? Todo lo que tienes que hacer es comprender que hay personas en el mundo que, si estuvieran en tu lugar, no se verían afectadas negativamente por esa persona, sino que controlarían la situación y estarían por encima de ella, no sometidas a ella como tú lo estás. Así pues, no es esa persona la que origina tus sentimientos negativos, como equivocadamente crees, sino tu "programación": ésta es la tercera y principal revelación. Observa lo que ocurre cuando logras realmente comprender esto. Una vez recibidas estas revelaciones acerca de ti mismo, presta atención a la revelación relativa a la naturaleza humana. ¿sabes si esa otra persona es o no responsable de ese comportamiento o esa característica suya que te hace reaccionar negativamente? Sólo puedes persistir en tus sentimientos negativos si crees, equivocadamente, que esa persona es perfectamente libre y consciente y, por lo tanto, responsable. Pero ¿acaso hay alguien que haga el mal con pleno conocimiento de causa? La capacidad de hacer el mal o de ser malo no tiene que ver con la libertad, sino que es una enfermedad, porque supone una falta de consciencia y de sensibilidad. Los que son verdaderamente libres no pueden pecar, como tampoco Dios puede hacerlo. Esa pobre persona que tienes ante ti es una persona lisiada, ciega, coja, no la persona terca y malévola que tú, neciamente, creías. Trata de comprender esta verdad; considérala detenida y profundamente, y verás cómo tus emociones negativas dan paso a la ternura y la compasión. De pronto se hará espacio en tu corazón para quien había sido ignorado y despreciado por los demás... y por ti mismo. Ahora constatarás cómo en realidad era ese mendigo que te ofrecía a ti la verdadera limosna de ensanchar tu corazón con la compasión y darle a tu espíritu las alas de la libertad. Ahora, en lugar de estar sometido tú a esas personas (que tenían la virtud de producirte emociones negativas, lo cual te obligaba a desviarte de tu camino para evitarlas), posees la libertad de no evitar a ninguna de ellas e ir adonde quieras. Una vez que lo hayas visto, comprobarás cómo al sentimiento de compasión se ha añadido en tu corazón el sentimiento de gratitud hacia ese mendigo que, de hecho, es tu benefactor. Y experimentarás también un nuevo e inusitado sentimiento: del mismo modo que el que ha aprendido a nadar desea encontrar el agua donde poder hacerlo, así anhelarás también tú la compañía de esos seres lisiados, ciegos y cojos, porque siempre que estás con ellos, en lugar de experimentar como antes la opresión y la tiranía de los sentimientos negativos, ahora puedes verdaderamente sentir una compasión cada vez mayor una inefable libertad. Y apenas puedes reconocerte a ti mismo saliendo a las calles y plazas de la ciudad, obediente al mandato de la vida, en busca de los pobres, lisiados, ciegos y cojos.
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