viernes, 13 de mayo de 2011

El bardo

Las gentes del Tíbet practican un pequeño experimento llamado “el Bardo.” Es un experimento muy valioso que sólo se realiza en el momento de la muerte. Cuando alguien está a punto de morir, sus conocidos se reúnen a su alrededor y le hacen practicar el Bardo. Pero sólo al que ha practicado la meditación durante toda su vida se le puede hacer seguir el Bardo; de lo contrario, es imposible. En el experimento del Bardo, en cuanto muere la persona, se le indica desde el exterior que debe mantenerse plenamente despierta. Se le dice que siga observando lo que pasa a continuación, pues muchas veces pasan en ese estado cosas que la persona que está muriendo no es capaz de comprender. No es fácil entender a primera vista los fenómenos nuevos.
Si una persona es capaz de mantenerse consciente tras la muerte, durante cierto tiempo no sabrá que está muerta. Sólo llegará a saber con seguridad que está muerta cuando los demás se lleven su cadáver y se dispongan a incinerarlo en la pira funeraria; pues, en realidad, nada muere dentro: sólo se produce un distanciamiento. Este distanciamiento no se ha conocido nunca en vida. La experiencia es tan nueva que no es posible comprenderla por una definición convencional. La persona siente, simplemente, que algo se ha separado. Pero ha muerto algo, y eso sólo lo comprende cuando todos los que la rodean se ponen a llorar y a lamentarse, se inclinan sobre su cadáver llenos de dolor y se disponen a llevarse el cadáver para incinerarlo.
Si incineramos el cadáver tan pronto, es por un motivo. Quemamos o incineramos el cadáver en cuanto podemos para asegurarnos de que el cuerpo está muerto, de que se reduce a cenizas. Pero la persona sólo puede saberlo si ha muerto en estado consciente; la persona que muere en estado inconsciente no puede saberlo. Así pues, para que la persona que practica el Bardo vea quemarse su cuerpo, se le indica: “Mira bien cómo arde tu cuerpo. No huyas ni te apartes apresuradamente. Cuando la gente se lleve tu cuerpo para incinerarlo, no dejes de acompañarlos y de estar allí presente. Contempla con perfecta atención la cremación de tu cuerpo, para que la próxima vez no te apegues al cuerpo físico.”
Cuando vemos que algo se quema y se reduce a cenizas, nuestro apego hacia ello desaparece. Naturalmente, los demás verán la cremación de vuestro cuerpo, pero si vosotros la veis también, perderéis todo apego hacia él. Normalmente, en novecientos noventa y nueve casos de cada mil, la persona está inconsciente en el momento de la muerte: no tiene ningún conocimiento de ella. En el caso restante, de cada mil en el que está consciente, evita ver cómo se quema su cuerpo; huye del lugar de la cremación. Por eso, en el Bardo se le dice: “Mira: no te pierdas la oportunidad. Observa la cremación de tu cuerpo; contémplala de una vez por todas. Mira cómo se destruye por completo aquello con lo que has estado identificado tu yo. Mira cómo se reduce completamente a cenizas, para que en tu próximo nacimiento recuerdes quién eres.”
En cuanto la persona muere, entra en un mundo nuevo del que no sabemos nada. Ese mundo puede parecernos temible y terrorífico porque no es semejante ni distinto de ninguna de nuestras vivencias. En realidad, no tiene relación alguna con la vida en la Tierra. Enfrentarse a este mundo nuevo es más temible que lo que tendría que pasar un hombre que se encontrase en un país desconocido, donde no conociera a nadie, ni entendiera la lengua ni las costumbres. Evidentemente, se sentirá muy perturbado y confuso.
El mundo en el que vivimos es un mundo de cuerpos físicos. Cuando dejamos este mundo comienza el mundo incorpóreo, un mundo que no hemos conocido nunca. Y este mundo puede darnos miedo, porque es diferente de cualquiera de nuestras vivencias. En nuestro mundo, por extraño que sea el lugar donde estemos, por diferentes que sean de nosotros los habitantes y sus modos de vida, siempre existirá un vínculo entre ellos y nosotros: es un mundo de seres
humanos. Entrar en el mundo de los espíritus incorpóreos puede ser una experiencia increíblemente terrorífica.
Normalmente, la pasamos en un estado inconsciente, por lo cual no la advertimos. Pero el que pasa por ella en estado consciente sufre grandes dificultades. Por eso, en el Bardo se intenta explicar a la persona qué tipo de mundo será, qué pasará allí, con qué seres se encontrará. Sólo los que han practicado la meditación profunda pueden ser guiados a lo largo de este experimento; de otro modo, es imposible.
Últimamente he tenido frecuentemente la impresión de que podemos realizar el experimento del Bardo, en una manera u otra, con nuestros amigos que practican la meditación. Pero esto sólo es posible cuando han entrado en la meditación profunda; de lo contrario, ni siquiera serían capaces de oír lo que se les dice. No serían capaces de oír lo que se les dice en el momento de la muerte, ni de seguir lo que se les explica. Para seguir lo que se dice se necesita una mente muy silenciosa y muy vacía. Cuando la conciencia empieza a desvanecerse y a desaparecer, y cuando empiezan a desatarse todos los vínculos terrenales, sólo una mente muy silenciosa es capaz de oír los mensajes que se transmiten desde este mundo; si no es muy silenciosa, no será capaz de oírlos.
Recordarlo: esto sólo se puede hacer con respecto a la muerte; nada puede hacerse con respecto al nacimiento. Pero cualquier cosa que hagamos con respecto a la muerte afectará también, en consecuencia, a nuestro nacimiento. Nacemos en el mismo estado en que morimos.
El que ha despertado elige libremente un vientre. Esto demuestra que nunca elige nada ciega e inconscientemente. Elige a sus padres, del mismo modo que el hombre rico elige la casa donde vive. El pobre no puede elegir casa a su gusto. Necesitamos de cierta capacidad para poder elegir. Necesitamos de cierta capacidad para comprar una casa. El pobre nunca elige su casa. Podríamos decir; en realidad, que la casa elige al pobre: una casa pobre elige a un inquilino pobre. El millonario decide dónde quiere residir, cómo ha de ser el jardín, dónde han de estar situadas las puertas las ventanas, si la luz del sol ha de entrar por el este o por el oeste, cómo debe estar dispuesta la ventilación, qué amplitud ha de tener la casa… lo decide todo.
El que ha despertado elige un vientre para sí mismo: ésa es su decisión. Los personajes como Mahavira o Buda no nacen en cualquier parte ni en cualquier momento. Nacen después de considerar todas las posibilidades: cómo será el cuerpo y qué padres lo concebirán; cómo será la energía y qué poder tendrá ésta; de qué facilidades dispondrá. Nacen después de estudiar todo esto. Tienen claro lo que han de elegir, dónde deben ir. Desde el día en que nacen viven la vida que han elegido.
La alegría de vivir una vida elegida por uno mismo es completamente diferente, pues la libertad comienza por tener una vida elegida por nosotros mismos. No puede haber una alegría del mismo tipo en una vida que se nos entrega, pues entonces se convierte en servidumbre. En estos casos, simplemente somos empujados a la vida, y entonces lo que suceda, sucede: la persona no influye para nada al respecto.
Si se hace posible tal despertar, entonces se puede hacer, decididamente, esa elección. Si el nacimiento mismo sucede por elección nuestra, entonces podemos vivir el resto de nuestras vidas a nuestra elección. Así pues, podemos vivir como un jivan-mukta. El que muere en estado despierto nace en estado despierto, y entonces vive su vida en estado de liberación.
Oímos con frecuencia la palabra “jivan-mukta”, aunque quizás no sepamos lo que quiere decir: “Jivan-mukta” es el que nace en estado despierto: sólo esa persona puede ser un jivan-mukta. La persona que no lo es puede trabajar toda su vida por conseguir la liberación, pero sólo puede alcanzar la liberación en su vida siguiente: no será libre en esta vida. Para ser jivan-mukta en esta vida, la persona debe disponer de la libertad de elegir desde el día mismo de su nacimiento. Y esto
sólo es posible cuando la persona ha alcanzado la conciencia plena en el momento de la muerte al final de su vida anterior.
Pero esto no es lo que nos ocupa de momento. La vida está aquí; todavía no ha llegado la muerte, de momento. Ha de llegar con seguridad: nada es más seguro que la muerte. Podemos dudar de otras cosas, pero no cabe duda alguna con respecto a la muerte. Algunas personas dudan de Dios; otras dudan del alma, pero jamás habréis conocido a nadie que dude de la muerte. Es inevitable; ha de venir con toda seguridad; ya está en camino. Se aproxima más y más a cada instante. Podemos aprovechar los momentos que nos quedan antes de la muerte para despertar. La meditación es una técnica que conduce a ese fin. En estos tres días intentaré ayudaros a comprender que la meditación es la técnica que conduce a ese mismo despertar.
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