viernes, 13 de mayo de 2011

Ver la vida como un sueño

EN REALIDAD LA MUERTE y el nacimiento no son dos sucesos: son dos lados de un mismo fenómeno, como las dos caras de una moneda. Si un hombre tiene en la mano una cara de una moneda, también tendrá automáticamente la otra. No puedo tener en la mano una cara de una moneda y preguntarme dónde puedo encontrar la otra: dispongo de la otra automáticamente.
La muerte y el nacimiento son dos caras de un mismo fenómeno. Si la muerte se produce en un estado consciente, la muerte tiene lugar inevitablemente en un estado consciente. Si la muerte se produce en un estado inconsciente, el nacimiento se produce también en estado de inconsciencia. Si la persona muere plenamente consciente en el momento de su muerte, también estará llena de conciencia en el momento de su nacimiento siguiente.
Como todos morimos en estado de inconsciencia y nacemos en estado de inconsciencia, no recordamos nada de nuestras vidas anteriores. Pero el recuerdo de nuestras vidas anteriores siempre queda presente en algún rincón de nuestras mentes, y podemos revivir este recuerdo si lo deseamos.
No podemos hacer nada directamente en relación con el nacimiento: todo lo que podamos hacer estará relacionado únicamente con la muerte. No podemos hacer nada después de la muerte: todo lo que podamos hacer debemos hacerlo antes de la muerte. La persona que muera en estado inconsciente no podrá hacer nada hasta que vuelva a nacer. No hay remedio: seguirá inconsciente. Así pues, si vosotros habéis muerto en estado inconsciente, tendréis que nacer de nuevo en estado inconsciente. Lo que haya que hacer tendrá que hacerse antes de la muerte, pues disponemos de muchas oportunidades antes de la muerte: la oportunidad de toda una vida. Con esta oportunidad podemos hacer un esfuerzo por despertar. Sería, pues, un gran error esperar hasta el momento de la muerte para despertar. No podemos despertar en el momento de la muerte. El sadhana, el viaje hacia el despertar, tendrá que empezar mucho antes de la muerte: habrá que prepararse para ella. Si no os preparáis, es seguro que quedaréis inconscientes en la muerte. Aunque este estado inconsciente es bueno para vosotros, en cierto modo, si todavía no estáis preparados para nacer en estado consciente.
Hacia 1915, el rey de Casi fue operado del abdomen. Fue la primera operación de este tipo que se realizó en el mundo sin anestesia. Estaban presentes tres médicos británicos, que se negaban a realizar la operación sin administrar anestesia, pues decían que era imposible abrir el estómago a una persona durante una hora y media o dos horas para realizar una operación importante sin que el paciente estuviera inconsciente. Era peligroso, pues el paciente podía gritar, moverse, saltar o caerse a causa del dolor insoportable. Podía suceder cualquier cosa. Por ello, los médicos no estaban dispuestos a realizar la operación.
Pero el rey insistió en que no había de qué preocuparse, siempre que él estuviera en estado de meditación, y afirmaba que era capaz de pasar de una hora y media a dos horas en estado de meditación sin dificultad. No estaba dispuesto a tomar anestesia; decía que quería que lo operasen estando consciente. Pero los médicos desconfiaban: creían que era peligroso hacer sufrir tal dolor a una persona consciente. Por fin, como no encontraban otra alternativa, los médicos le pidieron en primer lugar, a modo de experimento, que entrase en estado de meditación. Cuando él estuvo en ese estado, le hicieron un corte en la mano. Él ni siquiera tembló. Sólo dos horas más tarde se quejó de que le dolía la mano. Más tarde, realizaron la operación.
Fue la primera vez en el mundo que unos médicos abrieron el estómago de un paciente durante una hora y media sin administrarle anestesia. Y el rey permaneció plenamente consciente durante toda la operación. Para alcanzar tal estado de conciencia es preciso practicar una meditación profunda. La meditación tiene que ser tan profunda que uno conozca plenamente, sin sombra de duda, que el yo y el cuerpo son independientes. La más mínima identificación con el cuerpo puede ser peligrosa.
La muerte es la mayor operación quirúrgica de todas. Ningún médico ha realizado una operación tan grande. Pues en la muerte existe un mecanismo que trasplanta toda la energía vital, el prana, de un cuerpo físico a otro cuerpo físico. Nadie ha realizado una operación tan espectacular, ni nadie la realizará jamás. Podemos amputar una parte del cuerpo u otra, o trasplantar una parte en otra, pero en el caso de la muerte hay que tomar toda la energía vital de un cuerpo e introducirla en otro.
La naturaleza ha procurado bondadosamente que nos quedemos plenamente inconscientes cuando se produce este fenómeno. Es por nuestro propio bien: quizás no fuésemos capaces de soportar tanto dolor. Es posible que el motivo por el que nos quedamos inconscientes es que el dolor de la muerte es insoportable. Nos interesa quedarnos inconscientes; la naturaleza no nos permite recordar el paso por la muerte.
En todas las vidas repetimos casi los mismos errores que hemos repetido en nuestras vidas anteriores. Si fuésemos capaces de recordar lo que hicimos en las
vidas anteriores, quizás no tropezaríamos con las mismas piedras. Y si fuésemos capaces de recordar lo que hicimos en nuestras vidas anteriores, ya no seríamos como somos ahora. Es imposible que siguiésemos siendo los mismos, pues hemos amontonado riquezas una y otra vez y en todas las ocasiones la muerte ha despojado de sentido a esas riquezas. Si fuéramos capaces de recordarlo, quizás no llevaríamos dentro la misma manía por el dinero que hemos llevado hasta ahora. Nos hemos enamorado mil veces, y hemos visto una y otra vez que, a la larga, no tenía sentido. Si fuéramos capaces de recordarlo, desaparecería nuestra manía de enamorarnos y de procurar que se enamoren de nosotros. Hemos sido miles y miles de veces ambiciosos, egoístas; hemos alcanzado el éxito, el alto nivel social, y al final todo ha resultado inútil, todo ha quedado reducido a polvo. Si fuéramos capaces de recordarlo, es posible que nuestra ambición perdiera fuerza, y entonces no seríamos los mismos que somos ahora.
Como no recordamos nuestras vidas anteriores, seguimos moviéndonos casi por un mismo círculo. El hombre no se da cuenta de que ya ha recorrido el mismo círculo muchas veces ni de que lo está volviendo a recorrer con la misma esperanza que lo ha impulsado antes. Después, la muerte frustra todas las esperanzas y vuelve a comenzar el círculo. El hombre se mueve en círculo, como el buey en una noria.
Podemos salvarnos de este daño, pero necesitamos un gran nivel de conciencia y debemos experimentar continuamente. No podemos ponernos a esperar la muerte directamente, porque no es posible hacernos conscientes de pronto, en el transcurso de una operación tan importante, de un trauma tan grande. Tendremos que hacer experimentos poco a poco, con desgracias pequeñas, para descubrir cómo podemos ser conscientes mientras las pasamos.
Por ejemplo, tenemos un dolor de cabeza. Al mismo tiempo nos volvemos conscientes y empezamos a sentir que tenemos un dolor de cabeza, no que la cabeza tiene un dolor. De modo que tendremos que experimentar con el pequeño dolor de cabeza y tendremos que aprender a sentir que “el dolor está en la cabeza y yo soy consciente de él”.
Cuando el Swami Ram visitó América, a la gente le costaba mucho entenderlo al principio. Cuando el presidente de los Estados Unidos le hizo una visita, también se sintió confuso. Preguntó: “¿Qué lengua es ésa?”; porque Ram solía hablar en tercera persona. No decía “Tengo hambre”, sino que decía: “Ram tiene hambre.” No decía: “Me duele la cabeza”, sino “A Ram le duele mucho la cabeza.”
Al principio, a la gente le costaba mucho entenderlo. Por ejemplo, una vez dijo: “Anoche, Ram se estaba helando.” Cuando le preguntaron de quién hablaba, respondió que hablaba de Ram. Cuando le preguntaron: “¿De qué Ram?”, dijo, señalándose a sí mismo: “De éste Ram: el pobre se estaba helando de frío anoche. Nos reíamos y le preguntábamos: “¿Cómo va el frío, Ram?”
Decía: “Ram estaba paseando por la calle y algunas personas se pusieron a insultarlo. Nos reímos a carcajadas y dijimos: “¿Qué te parecen los insultos, Ram? Si buscas honra, es fácil que te encuentres con insultos”. Cuando le preguntaban: “¿De quién habla? ¿Quién es ese Ram?”, se señalaba a sí mismo.
Tendréis que empezar por hacer experimentos con desgracias de tipo menor. Os las encontraréis todos los días de la vida; están presentes todos los días. No sólo las desgracias: tendréis que incluir también la felicidad en el experimento, porque es más difícil ser conscientes en la felicidad que en la desgracia. No es tan difícil conocer que nuestra cabeza y el dolor que hay en ella son dos cosas independientes, pero es más difícil conocer que ”el cuerpo es independiente, y la alegría de estar sano también es independiente de mí; yo tampoco soy eso”. Es difícil mantener este distanciamiento cuando estamos sanos, pues en los momentos de felicidad nos gusta estar próximos a ésta. En los momentos de desgracia es evidente que nos gusta sentirnos independientes, apartados de ella. Si llegase a quedar claro que el dolor es independiente de nosotros, querríamos que siguiera así para estar liberados del dolor.
Tendréis que experimentar el modo de manteneros conscientes tanto en la desgracia como en la felicidad. El que realiza tales experimentos suele provocarse desgracias para vivirlas. Éste es, en esencia, el secreto de todo ascetismo: es un experimento en el cual se sufre un dolor voluntario. Por ejemplo, una persona realiza un ayuno. A base de pasar hambre, intenta descubrir el efecto del hambre sobre su conciencia. En general, la persona que realiza un ayuno no tiene la menor idea de lo que hace: lo único que sabe es que tiene hambre, y espera con avidez su comida del día siguiente.
El propósito fundamental del ayuno es sentir que “el hambre está aquí, pero está lejos de mí. El cuerpo tiene hambre, yo no.” Así pues, induciendo voluntariamente el hambre, uno intenta saber, desde dentro, si el hambre está allí. “Ram tiene hambre; yo no tengo hambre. Sé que el hambre está allí, y éste deberá ser un conocimiento continuado hasta que yo llegue a un punto en que se produzca un distanciamiento entre el hambre y yo, en el que yo ya no tenga hambre: aun dentro del hambre yo ya no tengo hambre. Sólo el cuerpo sigue teniendo hambre, y yo lo sé. Yo ya no soy más que uno que lo sabe.” Entonces, el significado del ayuno se vuelve muy profundo; por tanto, ya no significa simplemente pasar hambre.
Normalmente, el que emprende un ayuno se repite las veinticuatro horas del día que tiene hambre, que no ha comido nada aquel día. Su mente no deja de albergar fantasías y planes sobre lo que comerá al día siguiente. Los ayunos de este tipo no tienen sentido. Por consiguiente, no son más que abstenerse de comer. La diferencia entre abstenerse de comer y practicar el ayuno, el upavas, es la siguiente: el ayuno significa residir cada vez más cerca. ¿Más cerca de qué? Significa acercarse al yo produciendo un distanciamiento del cuerpo.
La palabra “upavas” no significa abstenerse de comer. “Upavas” significa residir cada vez más cerca. ¿Más cerca de qué? Significa residir más cerca del yo, residir más cerca del yo y más lejos del cuerpo. También es posible que una persona coma pero se mantenga en el estado de ayuno. Si, mientras come, sabe dentro de sí que el acto de comer tiene lugar en otra parte y que la conciencia es totalmente independiente del acto, entonces es upavas. Y también es posible que una persona no esté ayunando de verdad. Aunque se haya privado de la comida; pues puede suceder que esté demasiado consciente de tener hambre, que se esté muriendo de hambre. Upavas es una conciencia psicológica de la separación del yo y el estado físico del hambre.
También se pueden provocar voluntariamente otros dolores similares, pero la provocación de estos dolores es un experimento muy profundo. Un hombre puede tumbarse sobre un lecho de espinos sólo para sentir que los espinos sólo pinchan el cuerpo, y no su yo. Así, es posible provocar una desgracia para sentir la disociación de la conciencia con respecto al plano físico.
Pero en el mundo ya aparecen bastantes desgracias sin que las provoquemos: no hace falta que provoquemos ninguna más. Ya disponemos de muchas desgracias: debemos empezar a experimentar con ellas. Las desgracias aparecen sin ser provocadas, en todo caso. Si podemos mantener la conciencia de que “soy independiente de mi dolor” durante la desgracia que viene sin ser provocada, entonces el sufrimiento se convierte en un sadhana, en una disciplina espiritual.
Tendremos que seguir practicando este sadhana aun con la felicidad que se ha presentado por sí misma. Con el sufrimiento, es posible que consigamos engañarnos a nosotros mismos, porque nos gustaría creer que “yo no soy el dolor”. Peri, por lo que respecta a la felicidad, el hombre quiere identificarse con ella, porque ya cree que “soy feliz”. Por eso, el sadhana es más difícil todavía de practicar con la felicidad.
En realidad, nada es más difícil que sentir que somos independientes de nuestra felicidad. En la práctica, al hombre le gusta sumergirse por completo en la felicidad y olvidarse que es independiente de ella. La felicidad nos inunda; la desgracia nos desconecta y nos separa del yo. Llegamos a creer, de algún modo,
que nuestra identificación con el sufrimiento se debe únicamente a que no nos queda ninguna otra elección, pero damos la bienvenida a la felicidad con todo nuestro ser.
Sed conscientes en el dolor que os llegue; sed conscientes en la realidad que os llegue; y, de vez en cuando, a modo de experimento, sed conscientes también en el dolor provocado, porque en él las cosas son un poco diferentes. Nunca podemos identificarnos plenamente con nada que nos provoquemos voluntariamente. El conocimiento mismo de que es algo provocado genera un distanciamiento. El huésped que se presenta en vuestra casa no es de la casa: es un huésped. Del mismo modo, cuando provocamos el sufrimiento como huésped, ya es algo que está distanciado de nosotros.
Caminando descalzos, y el dolor nos clava una espina en el pie. Es un accidente, y el dolor será abrumador. Este accidente desgraciado es diferente del que se produce cuando tomamos voluntariamente una espina y nos la clavamos en el pie, sabiendo en cada momento que nos estamos atravesando el pie con la espina y que estamos observando el dolor. No os digo que hagáis tal cosa, que os torturéis a vosotros mismos: ya existen bastantes sufrimientos. Lo que quiero decir es lo siguiente: en primer lugar, estad atentos, tanto en el sufrimiento como en la felicidad; más tarde, algún día, provocaos alguna desgracia y ved cuanto podéis distanciar de ella vuestra conciencia.
Recordadlo: el experimento de provocar la desgracia es muy significativo, porque todo el mundo quiere provocar la felicidad, pero nadie quiere provocar la desgracia. Y lo interesante es que la desgracia que no deseamos viene por sí misma, y que la felicidad que buscamos no llega nunca. Aun cuando llega por casualidad, se queda fuera de nuestra puerta. La felicidad a la que llamamos no llega nunca, mientras que la felicidad que no pedimos nunca entra en casa por sí sola. Cuando una persona hace acopio de la fuerza suficiente para provocarse la desgracia, eso quiere decir que es tan feliz que puede provocarse una desgracia. Es tan bienaventurado que no le resulta difícil provocarse una desgracia. Ahora puede pedir a la desgracia que venga y que se quede.
Pero éste no es un experimento muy profundo. Mientras no estemos preparados para emprender tal experimento, debemos intentar ser conscientes de todo sufrimiento que nos llegue por sí mismo. Si nos hacemos más y más conscientes cada vez que nos crucemos con la desgracia, haremos acopio de la capacidad suficiente para mantenernos conscientes incluso cuando nos llegue la muerte. En ese momento la naturaleza nos permitirá que permanezcamos despiertos también en la muerte. La naturaleza sabe que si el hombre es capaz de permanecer consciente en el dolor, también puede mantenerse consciente en la muerte. Nadie es capaz de mantenerse consciente en la muerte sin preparación, sin haber vivido una experiencia previa de ese tipo.
Hace algunos años murió un hombre llamado P.D. Ouspensky. Era un gran matemático ruso. Es la única persona que ha realizado en este siglo una amplia serie de experimentos relacionados con la muerte. Tres meses antes de morir cayó gravemente enfermo. Los médicos le recomendaron que guardase cama, pero, a pesar de ello, realizó un trabajo tan increíble que resulta inimaginable. No dormía por las noches, viajaba, caminaba, corría, siempre estaba moviéndose. Los médicos estaban escandalizados: le decían que necesitaba descanso absoluto. Ouspensky reunió a su lado a todos sus amigos íntimos, pero no les dijo nada.
Los amigos que convivieron con él en sus tres últimos meses de vida, dijeron más tarde que habían visto por primera vez, ante sus propios ojos, a un hombre que aceptaba la muerte en estado consciente. Le preguntaron por qué no seguía los consejos de los médicos. Ouspensky respondió: “Quiero conocer el dolor de todo tipo, no sea que el dolor de la muerte sea tan grande que me deje inconsciente. Quiero pasar por todos los dolores antes de la muerte, para adquirir una resistencia que me permita estar completamente consciente cuando llegue la muerte.” De modo que, durante tres meses, realizó un esfuerzo ejemplar por pasar todo tipo de dolores.
Sus amigos han dejado escrito que cuando los más sanos y fuertes se cansaban, Ouspensky seguía en actividad. Los médicos insistían en que necesitaba reposo absoluto, pues de lo contrario podía sufrir grandes daños, pero él no hacía caso. La noche en que murió Ouspensky, no dejaba de pasearse por su habitación. Los médicos que lo examinaron anunciaron que sus piernas ya no tenían la fuerza necesaria para andar; pero él siguió caminando toda la noche.
Decía: “Quiero morir caminando, pues si muero sentado puedo quedarme inconsciente, o si muero dormido puedo quedarme inconsciente.” Mientras caminaba, decía a sus amigos: “Un poco más: diez pasos más, y todo habrá terminado. Me estoy hundiendo, pero seguiré caminando hasta que haya dado mi último paso. Quiero seguir haciendo algo hasta el final; de lo contrario, la muerte podrá encontrarme desprevenido. Podría relajarle y quedarme dormido, y no quiero que me pase esto en el momento de la muerte.”
Ouspensky murió mientras daba su último paso. Muy pocas personas en el mundo han muerto así, andando. Cayó andando, es decir, que sólo cayó al suelo cuando se produjo su muerte. Mientras daba su último paso, decía: “Esto es: éste es mi último paso. Ahora estoy a punto de caer. Pero antes de marcharme quiero deciros que he soltado mi cuerpo hace mucho tiempo. Ahora veréis la liberación de mi cuerpo, pero yo he visto hace mucho tiempo que el cuerpo ha caído y yo sigo existiendo. Ahora sólo caerá el cuerpo: yo no puedo caer de ninguna manera.”
En el momento de su muerte, sus amigos vieron una especie de luz en sus ojos. Se hizo visible una paz, una alegría y un resplandor que se dejan ver cuando alguien está en el umbral del otro mundo. Pero uno debe prepararse para esto, debe practicar una preparación continua. Cuando una persona se prepara plenamente, la muerte se convierte en una experiencia maravillosa. No existe otro fenómeno tan valioso como éste, pues lo que se revela en el momento de la muerte no se puede conocer de ninguna otra manera. Entonces, la muerte parece una amiga, pues sólo cuando acontece la muerte, y no antes, podemos conocer que somos un organismo vivo.
Recordadlo: cuanto más oscura es la noche, más brillan las estrellas. Cuando las nubes son oscuras, el rayo destaca sobre ellas como un hilo de plata. Del mismo modo, el centro mismo de la vida se manifiesta con toda su gloria cuando la muerte en su plenitud nos rodea por todas partes, y no antes. La muerte nos rodea como la oscuridad, y dentro de ella, el centro mismo de la vida, al que podemos llamar atman, el alma, brilla con su esplendor pleno; la oscuridad que lo rodea lo hace luminoso. Pero en ese momento nos quedamos inconscientes. En el momento mismo de la muerte, que podía ser de otro modo el momento en que conociésemos nuestro ser, nos quedamos inconscientes. Por eso, tendremos que prepararnos para elevar nuestra conciencia. La meditación es esa preparación.
La meditación es un experimento sobre el modo en que uno alcanza una muerte gradual, voluntaria. Es un experimento sobre el modo en que uno se traslada a su interior y abandona después el cuerpo. Si una persona practica la meditación a lo largo de la vida, alcanzará la meditación total en el momento de la muerte.
Cuando se produce la muerte en estado pleno de conciencia, el alma de la persona realiza su nacimiento siguiente en estado pleno de conciencia. Por tanto, el primer día de su nueva vida no es un día de ignorancia, sino de conocimiento pleno. Incluso en el vientre de su madre está plenamente consciente. El que ha muerto en estado de conciencia sólo puede nacer una vez más, porque el que ha conocido lo que es el nacimiento, lo que es la muerte y lo que es la vida, alcanza la libración.
Al que ha nacido en estado de conciencia lo hemos llamado avatara, tirthankara, Buda, Jesús, Krishna. Y lo que distingue a éstos del resto de nosotros es la conciencia. Ellos están despiertos y nosotros estamos dormidos. Por haber nacido conscientemente, éste se convierte en su último viaje sobre la tierra. Tienen algo que nosotros no tenemos; tienen algo que ellos procuran incansablemente traernos a nosotros. La diferencia entre los despiertos y nosotros es, sencillamente, la siguiente: su última muerte y el nacimiento posterior tuvo lugar en un estado de conciencia: por eso viven toda su vida en estado de conciencia.
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