jueves, 19 de mayo de 2011

Jati-smaran

Jati-smaran significa “El método para recordar las vidas anteriores.” Es una manera de recordar nuestras existencias pasadas. Es una forma de meditación. Es una aplicación concreta de la meditación. Por ejemplo, alguien podría preguntarnos: “¿En qué se diferencia un río de un canal?” Le responderíamos que el canal es una aplicación concreta del río: bien planeado, controlado y sistematizado. El río es caótico, incontrolado. También llegará a alguna parte, pero su destino es incierto. El destino del canal está garantizado.
La meditación es como un río grande; llegará al mar; es seguro que ha de llegar al mar. La meditación con toda seguridad os llevará hasta Dios. Pero también existen otras aplicaciones intermedias de la meditación. Estas aplicaciones intermedias pueden llevarse, como pequeños afluentes, a los canales de la meditación. El jati-smaran es uno de estos métodos auxiliares de meditación. También podemos canalizar el poder de la meditación hacia nuestras vidas anteriores; la meditación no es más que centrar la atención. Pueden existir aplicaciones en las que uno centra su atención sobre un objeto dado, y una de estas aplicaciones es el jati-smaran: centrarse en los recuerdos, en estado latente, de las vidas anteriores.
Recordadlo: los recuerdos no se borran jamás; un recuerdo siempre se queda en estado latente, o sale a la luz. Pero el recuerdo en estado latente parece borrado. Si yo os pregunto qué hicisteis el 1° de enero del año 1950, no seréis capaces de responderme. Eso no quiere decir que no hayáis hecho nada en ese día. Pero, de pronto, el día primero de enero de 1950 parece un vacío total. No pudo estar vacío: estuvo lleno de actividad. Pero hoy parece un vacío. Del mismo modo, el día de hoy se convertirá también en un vacío mañana. Dentro de diez años no quedará ningún rastro del día de hoy.
Así pues, no es que el día primero de enero de 1950 no haya existido, ni que vosotros no existierais aquel día: lo que quiero dar a entender es que, dado que sois incapaces de recordar aquel día, ¿cómo podéis creer que existió verdaderamente? Pero sí existió, y hay una manera de saberlo. La meditación también puede centrarse en esa dirección. Descubriréis con sorpresa que en cuanto la luz de la meditación recaiga sobre ese día, éste os parecerá más vivo que nunca.
Imaginad, por ejemplo, que una persona está en un cuarto oscuro dirigiendo de un lado a otro la luz de un foco. Cuando dirige la luz hacia la izquierda, la parte derecha se queda a oscuras, pero no desaparece nada a la derecha. Cuando dirige la luz hacia la derecha, la parte derecha cobra vida de nuevo, pero la parte izquierda queda oculta en la oscuridad.
La meditación tiene un centro de enfoque, y si queremos canalizarla en una dirección concreta debemos utilizarla como un foco. Pero si queremos dirigir la meditación hacia lo divino, entonces debemos aplicar la meditación como una lámpara. Procurad entender bien esto.
“J
La lámpara no tiene centro de enfoque propio: no está enfocada. La lámpara se limita a arrojar una luz que se difunde a su alrededor. A la lámpara no le interesa iluminar en una dirección o en otra: todo lo que caiga dentro del radio de su luz se ilumina. Pero un foco es como una lámpara enfocada.
Con el foco disponemos de toda la luz para dirigirla en una dirección determinada. Así pues, es posible que con una lámpara los objetos se hagan visibles pero difusos, y que para verlos claramente tengamos que concentrar toda la luz en un solo punto; se convierte en un foco. Entonces el objeto se vuelve claramente visible, pero los demás objetos se pierden de vista. En la práctica, si una persona quiere ver claramente un objeto, tendrá que enfocar su meditación total en una sola dirección y dejar a oscuras el resto.
El que quiera conocer directamente la verdad de la vida desarrollará su meditación como una lámpara: ése será su propósito único. Y, en realidad, el único propósito de la lámpara es verse a uno mismo; basta con que brille lo bastante para esto, y no hace falta nada más. Pero si debemos dar una aplicación especial a la lámpara, tal como recordar las vidas pasadas, entonces será preciso canalizar la meditación en una dirección determinada.
Voy a compartir con vosotros dos o tres indicaciones sobre el modo de canalizar la meditación en esa dirección. No os daré todas las indicaciones porque lo más probable es que a muy pocos de vosotros os interese aplicarlas, y si a alguno le interesa puede hablar personalmente conmigo. Citaré, pues, dos o tres indicaciones que en realidad no os permitirán experimentar con el recuerdo de las vidas anteriores, pero que os darán ciertas nociones. No lo expondré todo porque no es recomendable para todos experimentar con esta idea. Por otra parte, este experimento puede poneros en peligro en muchos casos.
Voy a contaros un incidente para que os quede claro lo que os digo. Una profesora estuvo practicando la meditación conmigo durante dos o tres años. Ella insistía mucho en experimentar con el jati-smaran, en conocer su vida anterior. Yo la ayudé a realizar el experimento; pero también le advertí de que sería mejor que no lo realizase hasta que no hubiera desarrollado plenamente su meditación, de lo contrario podía ser peligroso.
Los recuerdos de una sola vida ya son difíciles de soportar por sí solos. Si los recuerdos de las tres o cuatro vidas anteriores salvan la barrera e inundan a la persona, ésta puede volverse loca. Por eso, la naturaleza ha dispuesto las cosas de tal manera que siempre olvidamos el pasado. La naturaleza nos ha provisto de la capacidad de olvidar más de lo que recordamos, para que nuestra mente no tenga una carga mayor de la que puede soportar. La carga mayor sólo se puede soportar cuando ha aumentado la capacidad de nuestra mente, y si el peso de estos recuerdos recae sobre nosotros antes de haber aumentado esta capacidad, entonces empiezan los problemas. Pero ella insistía. No tenía en cuenta mis consejos y emprendió el experimento.
Cuando la invadió por fin la inundación de los recuerdos de su vida anterior, vino corriendo a verme hacia las dos de la madrugada. Estaba hecha un lío; estaba muy angustiada. Me dijo: “Esto tiene que parar de alguna manera. No quiero ver nunca ese aspecto de las cosas.” Pero no es tan fácil detener la marea de los recuerdos cuando se ha desbordado. En muy difícil cerrar la puerta cuando la han tirado abajo: la puerta no sólo se abre, sino que se rompe. Aquello duró unos quince días: sólo al cabo de ese tiempo cesó la oleada de recuerdos. ¿Cuál era el problema?
Aquella señora solía afirmar que era muy piadosa, que era una mujer de virtud impecable. Cuando se encontró con el recuerdo de su vida anterior, en la que había sido una prostituta, y cuando empezaron a salir a la luz las escenas de su prostitución, todo su ser se estremeció. Toda su moralidad sobre su vida presente se trastornó.
En las revelaciones de este tipo, no es como si las visiones pertenecieran a otro: la misma mujer que pasaba por casta se veía a sí misma como una prostituta. Suele suceder que las personas que se han prostituido en una vida anterior se
vuelven profundamente virtuosas en la vida siguiente: es una reacción ante el sufrimiento de la vida anterior. Es el recuerdo del dolor y del daño de la vida anterior lo que la convierte en una mujer muy casta.
Suele suceder que las personas que fueron pecadoras en vidas anteriores se vuelven religiosas en esta vida. Por eso, existe una relación bastante profunda entre los pecadores y los religiosos. Suele producirse una reacción de este tipo, y ello se debe a que lo que llegamos a conocer nos hace daño y, por ello, nos pasamos al extremo opuesto.
El péndulo de nuestra mente no deja de moverse hacia el lado opuesto. En cuanto el péndulo llega a la izquierda oscila de nuevo hacia la derecha. Apenas ha tocado la derecha cuando vuelve a oscilar hacia la izquierda. Cuando veáis que el péndulo de un reloj se mueve hacia la izquierda, no dudéis de que está acopiando la energía suficiente para volver a dirigirse hacia la derecha: llegará a desplazarse hacia la derecha tanto como se desplazó hacia la izquierda. Del mismo modo suele suceder en la vida: la persona virtuosa se convierte en pecadora, y el pecador se vuelve virtuoso.
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