viernes, 20 de mayo de 2011

En este mundo no se vuelve atrás

Es posible que en transcurso de su evolución una persona haya sido un animal en una ocasión, pero no puede nacer de nuevo como animal. En el proceso de la evolución no podemos retroceder: es imposible el retroceso. Es posible avanzar desde la forma del nacimiento anterior, pero no es posible retroceder desde una forma avanzada de nacimiento. En este mundo no se vuelve atrás: no hay posibilidad de ello. Sólo hay dos caminos: o avanzamos, o nos quedamos donde estamos; no podemos retroceder.
Es como cuando un escolar aprueba el primer grado y pasa al segundo grado; pero, si suspende, se queda en el primer grado. Del mismo modo, si suspende el segundo grado podemos dejarlo allí, pero de ninguna manera podemos llevarlo de nuevo al primer grado. Nosotros podemos quedarnos en una especie durante mucho tiempo o avanzar a la especie siguiente, pero no podemos retroceder a una especie inferior a la que estábamos.
Es posible, verdaderamente, que una persona haya sido antes un animal o un pájaro: debe haberlo sido. Pero es otra cosa saber cuánto tiempo pasó en aquella especie. Si profundizamos en nuestras vidas anteriores, seremos capaces de evocar las especies por la que hemos pasado hasta ahora. Podemos haber sido un animal, un pájaro, un pequeño gorrión… especies cada vez inferiores. Alguna vez habremos sido seres tan inertes que resultaría difícil encontrar en nosotros algún indicio de conciencia.
También las montañas están vivas, pero apenas tienen conciencia. Son inertes en un noventa y nueve por ciento y sólo tienen un uno por ciento de conciencia. Cuando va evolucionando la vida, crece la conciencia y decrece el componente inerte. La divinidad es un cien por cien de conciencia. La diferencia entre divinidad y materia es una cuestión de porcentajes. La diferencia entre la divinidad y la materia es una cuestión de cantidad y no de calidad. Por eso, la materia puede llegar a convertirse en Dios.
No es extraño ni difícil aceptar que un ser humano haya podido ser un animal en su vida anterior. ¡Lo verdaderamente sorprendente es que, a pesar de ser humano, nos comportemos como animales! No tiene nada de sorprendente que en alguna vida anterior todos hayamos sido animales, pero aun siendo humanos nuestro nivel de conciencia puede ser tan bajo que podemos parecer humanos sólo a nivel físico. Si observamos nuestras tendencias parece que, aunque ya no somos animales, tampoco nos hemos convertido todavía en seres humanos: parece que nos hemos quedado atascados en un punto intermedio. En cuanto se presenta la oportunidad, no perdemos tiempo en volver de nuevo al nivel de los animales.
Imaginad, por ejemplo, que vais caminando por la calle como caballeros y que llega un tipo y os da de puñetazos y os insulta. Inmediatamente, el caballero que hay en vosotros se retira y os encontráis manifestando al mismo animal interior que debéis haber sido en alguna vida anterior. Si escarbáis un poco por debajo de la superficie, asoma la bestia que hay dentro; y sale a relucir con tanta violencia que uno se pregunta si aquella persona fue alguna vez un ser humano.
Nuestro estado de ser actual contiene todo lo que hemos sido antes. Existen estratos y estratos de todos los estados que hemos atravesado en el pasado. Si excavamos un poco dentro, podemos llegar a los estratos interiores de nuestro ser. Podemos llegar, incluso, al estado en que fuimos una piedra: también éste constituye un estrato interior. Muy dentro de nosotros somos todavía piedras; por eso, cuando alguien nos lleva a la fuerza hasta ese estrato, nos comportamos como piedras, podemos obrar como piedras. También podemos comportarnos como animales: de hecho, así lo hacemos. Lo que tenemos por delante no son más que nuestras potencialidades: no son estratos. Aunque algunas veces damos un salto y tocamos estas potencialidades, volvemos a caer al suelo.
Podemos ser dioses algún día, pero de momento no lo somos. Tenemos la potencialidad de volvernos divinos, pero lo que somos ahora está compuesto de lo que hemos sido en el pasado.
Hay, pues, dos cosas: si excavamos dentro de nosotros, nos encontramos con nuestros diversos estados pasados del ser; y si somos arrastrados hacia
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delante en la cadena de los nacimientos, conocemos los estados que tenemos por delante. Pero, del mismo modo que cuando damos un salto )despegamos del suelo por un segundo, pero volvemos a caer a tierra al cabo de un momento, algunas veces saltamos de nuestro estado animal y nos convertimos en seres humanos, pero después volvemos a caer en aquel mismo estado. Si lo observáis con cuidado, veréis que en un periodo de veinticuatro horas sólo somos verdaderos seres humanos de vez en cuando y en momentos determinados. Y todo esto lo sabemos demasiado bien.
Debéis de haber observado a los mendigos. Siempre van a pedir por la mañana. Nunca van al caer la tarde, porque es casi imposible que al caer la tarde alguien siga siendo un ser humano. El mendigo espera que la persona sea un poco humana por la mañana, cuando se haya levantado descansada tras un buen sueño, fresca y alegre. No espera ninguna caridad al caer la tarde, porque sabe lo que ha tenido que pasar la persona a lo largo del día: la oficina, el mercado, los tumultos y las manifestaciones, los periódicos y los políticos: todo ello lo ha trastornado, necesariamente. Todo ha debido agravar y activar los estratos animales que tiene dentro. Al caer la tarde, el hombre está cansado; se ha convertido en una bestia. Por eso, en los cabarets veis a bestias que manifiestas tendencias bestiales. El hombre, cansado de ser humano durante todo el día, tiene ansia de alcohol, de ruido, de juego, de bailes, de espectáculos eróticos: quiere estar entre otras bestias. Los cabarets prestan sus servicios al animal que hay dentro del hombre. Por eso, las mañanas son más adecuadas para practicar la oración; por eso, la tarde es menos propicia para ello. En todos los templos suenan las campanas por la mañana; por la noche se abren las puertas de los cabarets, de los casino, de los espectáculos. Las prostitutas no pueden recibir clientes por la mañana: sólo reciben a sus clientes de noche.
Después de un duro día de trabajo, el hombre se convierte en animal; por eso, el mundo de la noche es diferente al mundo del día. La mezquita llama a la oración por la mañana, y el templo hace sonar sus campanas por la mañana. Existe cierta esperanza de que el hombre, recién despierto por la mañana, se vuelva hacia Dios; hay menos esperanza de que le pase esto a un hombre que está cansado, al anochecer.
Por el mismo motivo, existen grandes esperanzas de que los niños se vuelvan hacia Dios, pero hay menos esperanza para los viejos: están en el crepúsculo de sus vidas; la vida ya ha debido de quitarles todo. Por eso, debemos emprender el viaje en cuanto podamos, tan de mañana como podamos. Ya caerá la tarde por sí misma. Pero si ya hemos emprendido el viaje por la mañana, es más probable que, al caer la tarde, también nos encontremos en el templo.
Nuestro amigo tiene razón, pues, al preguntarse si es posible que una persona haya podido ser un animal o un ave en su vida anterior. Pero lo que debemos procurar es no seguir siendo pájaros ni bestias en esta vida.
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