martes, 12 de julio de 2011

El Analista y el Testigo

El Analista y el Testigo

El método occidental consiste en pensar en un problema, en­contrar las causas del problema, penetrar en la historia del pro­blema, en el pasado del problema, llegar a las raíces del problema, hasta el principio mismo. Descondicionar la mente, o recondicio­nar la mente, recondicionar el cuerpo, sacar a la luz todas las hue­llas que han quedado en el cerebro... ese es el método occidental. El psicoanálisis penetra en la memoria; trabaja en ella. Va hasta tu in­fancia, a tu pasado; se mueve hacia atrás. Encuentra dónde surgió un problema. A lo mejor fue hace cincuenta años, cuando eras un niño, y el problema surgió en tu relación con tu madre; el psicoa­nálisis retrocederá hasta allí.
¡Cincuenta años de historial Es una tarea muy larga y muy len­ta y ni siquiera eso sirve de mucha ayuda, porque hay millones de problemas; no es cuestión de un solo problema. Puedes reconstruir la historia de un problema; puedes consultar tu autobiografía y en­contrar las causas. Tal vez puedas eliminar un problema, pero hay millones de problemas. Si empiezas a profundizar en cada proble­ma, para resolver los problemas de una vida necesitarás millones de vidas. Deja que te lo repita: para resolver los problemas de una vida tendrás que nacer una y otra vez, millones de veces. Esto es casi im­practicable. No se puede hacer. Y todos esos millones de vidas que dedicarás a resolver los problemas de esta vida, todas esas vidas ge­nerarán sus propios problemas... y así una vez tras otra. Te queda­rás cada vez más atascado en los problemas. ¡Eso es absurdo!
Ahora se aplica el mismo enfoque psicoanalítico al cuerpo: exis­ten métodos como el rolfing, la bioenergética y otros, que tratan de eliminar huellas en el cuerpo, en la musculatura. Una vez más, hay que penetrar en la historia del cuerpo. Pero hay una cosa segura acerca de ambos métodos, que funcionan según la misma pauta ló­gica: que el problema procede del pasado, así que de algún modo hay que manipular el pasado.
La mente humana ha intentado desde siempre hacer dos cosas imposibles. Una es alterar el pasado, que es algo que no se puede ha­cer. El pasado ya ha ocurrido. No se puede volver a1 pasado. Cuan­do piensas en volver al pasado, lo más que puedes hacer es penetrar en el recuerdo; no es el auténtico pa­sado, es solo un recuerdo. El pasado ya no existe, así que no se puede modifi­carlo Este es uno de los objetivos impo­sibles de la humanidad, y el hombre ha sufrido mucho por su causa. Quieres rehacer el pasado. ¿Cómo vas a reha­cerlo? El pasado es absoluto. El pasado significa que todo el potencial de una cosa se ha agotado; se ha vuelto actual, no existe ninguna posibilidad de modificarlo, de deshacerlo, de reha­cerlo. Con el pasado no se puede hacer nada.
Y la segunda idea imposible que siempre ha dominado la mente humana es determinar el futuro, que es algo que tampoco se puede hacer. El futuro significa lo que aún no es; no se puede establecer. El futuro siempre es indeterminado, el fu­turo sigue abierto.
El futuro es pura potencialidad; hasta que ocurre, no se puede estar seguro de él. El pasado es pura actualidad; ya ha ocurrido. Ya no se puede hacer nada al respecto. Entre estas dos cosas, el hom­bre se encuentra en el presente, siempre pensando en imposibles. Quiere asegurarse de todo lo referente al futuro, al mañana... y eso no se puede hacer. Métetelo en la cabeza lo más hondo posible: no se puede hacer, No malgastes tu momento presente intentando ase­gurar el futuro. El futuro es incertidumbre; esa es la cualidad bási­ca del futuro. Y tampoco pierdas el tiempo mirando hacia atrás. El pasado ya ha ocurrido, es un fenómeno muerto. No se puede hacer nada con él. Como máximo, se puede reinterpretar, y eso es todo. Eso es lo que hace el psicoanálisis: reinterpretarlo. Se puede rein­terpretar, pero el pasado sigue siendo el mismo.
El psicoanálisis y la astrología... la astrología trata de algún modo de darte seguridades acerca del futuro y el psicoanálisis trata de rehacer el pasado. Ninguna de las dos cosas es una cien­cia. Las dos cosas son imposibles, pero ambas tienen millones de seguidores... porque al hombre le gustan esas cosas. Quiere estar seguro acerca del futuro, así que va al astrólogo, consulta el I Ching, acude a una echadora de Tarot, y existen mil y una maneras de tomarse el pelo a sí mismo, de engañarse  uno mismo. Y además, hay personas que di­cen que pueden cambiar el pasado... y también las consultas.
Cuando se descartan estas dos cosas, uno queda libre de toda clase de tonterías. Dejas de ir al sicoanalista y dejas de acudir al astrólogo. Sabes ya que el pasado está terminado... y que tú has terminado con él. Y el futuro aún, no ha ocurrido. Cuando ocurra, ya veremos. De mo­mento, no se puede hacer nada al respecto. Con eso solo destruirías el momento presente, que es el único momento disponible, real.
Occidente ha seguido examinando continuamente los proble­mas, para ver cómo resolverlos. Occidente se toma los problemas muy en serio. Y cuando sigues una cierta lógica, dadas las premisas, esa lógica parece perfecta.
Hace poco leí una anécdota:
Un gran filósofo y matemático de fama mundial viaja en un avión. Está sentado en su asiento, pensando en grandes problemas matemáticos, cuando de pronto se oye un aviso del capitán: «Lo siento, va a haber un pequeño retraso. El motor número uno se ha parado y estamos volando con solo tres motores.»
Unos diez minutos después, se oye otro aviso: «Me temo que el retraso va a aumentar. Los motores dos y tres se han parado, y solo nos queda el motor número cuatro.»
El filósofo se vuelve hacia el viajero sentado a su lado y le dice: ¡Válgame Dios! Si se para el mo­tor que queda, nos vamos a pasar aquí arriba toda la noche.
Cuando piensas siguiendo una cierta línea, la dirección misma de esa línea hace posibles ciertas cosas... in­cluso cosas absurdas. Cuando te to­mas muy en serio los problemas hu­manos, cuando empiezas a pensar en el hombre como un problema, cuando has aceptado ciertas premisas, has dado el primer paso en dirección equi­vocada. Ahora puedes seguir en esa di­rección, y puedes seguir y seguir inde­finidamente. Se ha escrito una gran cantidad de literatura acerca de los fenómenos mentales, del psicoanálisis; se han escrito millones de artículos, tratados y libros. En cuanto Freud abrió las puertas de una cierta lógica, dominó el siglo entero.
Oriente tiene una actitud totalmente diferente. En primer lugar, dice que ningún problema es grave. En el momento en que dices que ningún problema es grave, el problema está muerto en casi un noventa y nueve por ciento. Cambia toda tu visión del problema. La segunda cosa que dice Oriente es que el problema está ahí porque tú te has  identificado con él. No tiene nada que ver con el pasado nada que ver con su historia. Estás identificado con él, eso es lo que importa. Y esa es la clave para resolver todos los problemas.
Por ejemplo, eres una persona irascible. Si vas al sicoanalista, te dirá: «Retrocede en el pasado... ¿cómo se originó esta ira? ¿En qué situaciones se fue volviendo cada vez más condicionada y se fue imprimiendo en tu mente? Vamos a tener que borrar todas esas huellas; tendremos que eliminarlas. Vamos a tener que cambiar tu pasado por completo.»
Si acudes a un místico oriental, te dirá: «Crees que estás irrita­do, te sientes identificado con la ira eso es lo que va mal. La próxima vez que se presente la ira, tú limítate a ser  un observador, a ser un testigo. No te identifiques con la ira. No digas "Estoy furioso". No digas "Soy la ira". Limítate a ver lo que ocurre, como si estuviera ocurriendo en una pantalla de televisión. Mírate a ti mismo como si estuvieras mirando a otro.»
Eres pura conciencia. Cuando se forma a tu alrededor la nube de ira, limítate a mirarla, y mantente alerta para no identificarte con ella. Todo consiste en no identificarse con el pro­blema. En cuanto hayas aprendido esto... y no me hables de que tienes «demasiados problemas», porque la llave, la misma llave, abre to­das las cerraduras. Lo mismo vale para  ira que  para la codicia, que para el sexo. Vale para cualquier cosa de la que la mente sea capaz.
Oriente dice que te limites a no identificarte. Recuerda... eso es lo que quería decir Gurdjieff cuando hablaba de «recordarse a sí mismo». Recuerda que eres un testigo, ten cuidado, eso es lo que dice Buda. Mantente alerta mientras pasa la nube. Puede que la nube venga del pasado, pero eso no tiene importancia. Tiene que te­ner algún pasado, no va a surgir de la nada. Tiene que haberse ori­ginado en una cierta secuencia de acontecimientos, pero eso es irrelevante ¿Por qué molestarse con ello? Ahora mismo, en este momento, puedes distanciarte de ello. Puedes separarte de ello, puedes romper el puente ahora mismo... y solo se puede romper en el ahora.
Retroceder al pasado no sirve de nada. Hace treinta años, surgió la ira
y tú te identificaste con ella aquel día. ¡ Ahora no te puedes desidentificar de aquel pasado. ¡Ya no está aquí! Pero sí que te puedes desidentificar en este momento, en este preciso momento... y si lo haces, toda la serie de iras del pasado dejará de formar parte de ti. Ya no tendrás que retroceder y desha­cer algo que hicieron tus padres y la sociedad y los sacerdotes y la iglesia. Eso sería una pura pérdida de precio­so tiempo presente. Primero te des­truyó muchos años y ahora te destru­ye tus momentos presentes. Más vale que te libres simplemente de ello, como se libra una serpiente de su piel vieja.
El pasado y sus condicionamientos existen... pero existen solo en el cuer­po o en el cerebro. No existen en tu conciencia, porque la conciencia no se puede condicionar. La conciencia se mantiene siempre libre... la li­bertad es su cualidad más esencial, la libertad es su naturaleza mis­ma. Puedes mirar: tantos años de represión, tantos años de cierta educación. En este momento en el que estás mirándolo, esta con­ciencia ya no se identifica. De no ser así, ¿quién iba a ser conscien­te? Si verdaderamente hubieras estado reprimido, ¿quién sería consciente? No existiría ninguna posibilidad de hacerse consciente. ­
Si puedes decir: “ veintiún años en un sistema educativo loco”, una cosa es segura: todavía no estás loco. El sistema ha fallado; no funcionó. Jayananda, no estás loco, por eso puedes ver que el siste­ma entero está loco. Un loco no puede darse cuenta de que está loco. Solo una persona cuerda puede ver que esto es una locura. Para ver que la locura es locura, se necesita cordura. Esos veintiún años de sistema loco han fracasado; todo ese condicionamiento represivo;­ ha fracasado. En realidad, no puede dar resultado. Solo funciona en la me­dida en que tú te identifiques con él.  En cualquier momento puedes distanciarte... está ahí, no te digo que no esté ahí; pero ya no forma parte de tu con­ciencia.
Esta es la belleza de la conciencia. La conciencia puede librarse de cualquier cosa. No tiene barreras, no tiene, límites. Un "momento antes eras inglés y entendías toda la estupidez del na­cionalismo, y un momento después ya no eres inglés. No estoy diciendo que tu piel cambie y deje de ser blanca; seguirá siendo blanca, pero tú ya no te identificas con la blancura; ya no estás en contra del negro. Ves que es una estupidez. No digo que solo por ver que ya no eres inglés te olvides del idioma inglés; no, todavía seguirá es­tando en tu memoria, pero tu conciencia ha escapado de eso, tu conciencia está en lo alto de una colina mirando el valle desde arri­ba. Ahora el inglés está muerto en el valle y tú estás en lo alto de la colina, muy lejos, distanciado, intacto.
Toda la metodología oriental se puede reducir a dos palabras: ser testigo. Y toda la metodología occidental se puede reducir a una cosa: analizar. Cuando analizas, das vueltas y más vueltas. Cuando simplemente te sales del círculo.
El análisis es un círculo vicioso. Si te metes  de verdad en el análisis, te encontrarás desconcertado. ¿Cómo es posible? Si, por ejemplo, intentas retroceder al pasado, ¿dónde terminarás? ¿Dónde exactamente? Si retrocedes al pa­sado, ¿dónde comenzó tu sexualidad? ¿Cuándo tenías catorce años? ¿Y acaso entonces surgió de la nada? Debió ha­berse estado preparando en el cuerpo, ¿no? Entonces, ¿cuándo? ¿Cuándo na­ciste? Pero ¿acaso no se estuvo prepa­rando antes, cuando estabas en el seno de tu madre?-Entonces, ¿cuándo? ¿En el momento en que fuiste concebido? Pero antes de eso, la mitad de tu se­xualidad estaba madura en el óvulo de tu madre y la otra mitad de tu sexuali­dad estaba madurando en el espermatozoide de tu padre. Si seguimos así, ¿dónde terminarás? ¡Tendrás que re­montarte a Adán y Eva! Y ni siquiera ahí termina la cosa. Tendrás que re­montarte hasta Dios Padre. ¿Por qué si no, creó a Adán?
El análisis siempre se queda a me­dias, y por eso el análisis nunca ayuda de verdad a nadie. No puede ayudar. Te deja un poco más adaptado a la rea­lidad, eso es todo. Es una especie de ajuste; te ayuda a adquirir un poquito de comprensión de tus pro­blemas, de su génesis, de cómo surgieron. Y esa pequeña compren­sión intelectual te ayuda a adaptarte mejor a la sociedad, pero sigues siendo la misma persona. Por, ese camino no hay transfor­mación, por ese camino no hay cambio radical.
Ser testigo es una revolución. Es un cambio radical desde las raíces mismas. Trae a la existencia un ser humano totalmente nue­vo, porque deja tu conciencia libre de todos los condicionamientos.
 Los condicionamientos están ahí, en el cuerpo y en la mente, pero la conciencia se mantiene sin condicionar. Es pura, siempre pura. Es virgen; su virginidad no se puede violar.
El enfoque oriental consiste en hacerte consciente de esta con­ciencia virgen, de esta pureza, de esta inocencia. Oriente hace hin­capié en el cielo y Occidente hace hincapié en las nubes. Las nubes tienen una génesis; si quieres averiguar de dónde proceden, tendrás que ir al océano, después a los rayos de sol y la evaporación del agua, y la formación de nubes... y así puedes seguir, pero te estarás moviendo en círculo. Las nubes se forman, se reúnen, se enamoran de los árboles, empiezan a descargar agua a la tierra, se convierten en ríos, llegan al mar, empiezan a evaporarse, se elevan otra vez con los rayos de sol, se convierten en nubes, vuelven a caer a la tierra... y el proceso continúa, dando vueltas y más vueltas. Es una rueda. ¿Por dónde puedes salir? Una cosa conduce a otra y tú sigues en la rueda.
El cielo no tiene génesis. El cielo no se ha creado; no ha sido producido por nada. De hecho, para que algo exista tiene que haber antes un cielo, es una necesidad a priori. Tiene que existir antes de que exista cualquier otra cosa. Si le preguntáis a un teólogo cris­tiano, os dirá: «Dios creó el mundo.» Preguntadle si antes de que Dios creara el mundo existía o no un cielo. Si no había cielo, ¿dón­de estaba Dios? Tenía que necesitar algún espacio. El espacio es im­prescindible, incluso para que exista Dios. No puedes decir: «Dios creó el espacio.» Eso sería absurdo, porque no habría tenido ningún espacio donde existir. El espacio debe preceder a Dios.
El cielo siempre ha estado ahí. El enfoque oriental consiste en prestar atención al cielo. El enfoque occidental te hace prestar cada vez más atención a las nubes, y te ayuda un poco, pero no te hace consciente de tu núcleo interno. De la circunferencia sí, te haces un poco más consciente de la circunferencia, pero no eres consciente del centro. Y la circunferencia es un ciclón.
Tienes que encontrar el centro del ciclón. Y eso solo se consigue siendo testigo.
Ser testigo no cambiará tu condicionamiento. Ser testigo no cambiará la musculatura de tu cuerpo. Pero ser testigo te propor­cionará una experiencia, la de que estás más allá de toda musculatura, más allá de todo condicionamiento. En ese momento de distanciamiento, en ese momento de trascendencia, no existen problemas... no para ti.
Y ahora todo depende de ti. El cuerpo seguirá cargando con la mus­culatura y la mente seguirá cargando, con el condicionamiento... ahora todo depende de ti. Si en algún mo­mento echas de menos el problema,
 puedes entrar en el cuerpo-mente y disfrutar del problema. Si no quieres tenerlo, puedes quedarte fuera. El problema seguirá ahí, como una hue­lla impresa en el fenómeno cuerpo­-mente, pero tú estás aparte, distan­ciado de él.
Así es como funciona Buda. Tú uti­lizas la memoria y Buda también utiliza la memoria... pero él no se identifica con ella. Él utiliza la memoria como un simple, mecanismo. Por ejemplo, ahora estoy utilizando el lenguaje. Cuan­do tengo que utilizar el lenguaje, utili­zo la mente con todo lo que lleva impreso, pero como un continuo. Yo no soy la mente; la conciencia está presente. Yo sigo siendo el que manda, la mente sigue siendo un sirviente. Cuando se llama a la mente, ella acude; se la utiliza para lo que sirve, pero no se la deja dominar.
O sea, que siguen existiendo problemas, pero existen solo en for­ma de semillas en el cuerpo y la mente. ¿Cómo podrías cambiar tu pasado? En el pasado has sido católico; si has sido católico durante cuarenta años, ¿cómo vas a cambiar esos cuarenta años y dejar de ser católico? No, esos cuarenta años seguirán siendo el período en que fuiste católico, pero ahora puedes salir de ahí. Ahora sabes que aquello era simple identificación. Esos cuarenta años no se pueden destruir, y no hay necesidad de destruir Si eres el señor de la casa, no hay necesidad. Incluso puedes utilizar esos cuarenta años de algún modo, de un modo creativo. Incluso aquella educación absurda se puede utilizar de un modo creativo.
      
Todas las impresiones grabadas en el cerebro, en la musculatura del cuer­po, seguirán donde están, pero en for­ma de semilla, en potencia. Si te sientes demasiado solo y quieres problemas, puedes tenerlos. Si te sientes muy mal por no sufrir, puedes tenerlos. Siempre estarán a tu disposición, pero no hay necesidad de tenerlos, ninguna necesi­dad. Es una elección tuya.     
Ser testigo es la técnica para cen­trarse. Ya hemos hablado de centrarse: un hombre puede vivir de dos maneras: puede vivir desde su periferia o­ desde su centro. La periferia pertenece algo y el centro pertenece al ser. Si vives desde el ego, estarás siempre relacionado con lo otro. La periferia está relacionada con lo otro.     
Hagas lo que hagas, no será una acción; será siempre una reac­ción. Lo haces en respuesta a algo que te hacen a ti. Desde la peri­feria no hay acción, todo es una reacción, nada viene de tu centro. En cierto modo, eres esclavo de las circunstancias. No estás ha­ciendo nada; más bien te están obligando.
Desde el centro, la situación cambia diametralmente. Desde el centro empiezas a actuar por primera vez empiezas a existir por de­recho propio, no como algo relacionado.
Buda pasa por un pueblo. Algunos de sus habitantes están in­dignados, son completamente contrarios a sus enseñanzas. Le in­crepan, le insultan. Buda escucha en silencio y dice:
-Si ya habéis terminado, permitidme seguir mi camino. Tengo que llegar a la siguiente aldea, donde me están esperando. Si toda­vía queda algo en vuestra mente, podéis terminar de decirlo cuan­do vuelva a pasar por este camino de regreso.
 -Te hemos insultado -dicen los aldeanos-. Te hemos increpado. ¿No vas a responder?
 -Yo nunca reacciono. -dice
 Buda-. Lo que vosotros hagáis es asunto vuestro. Yo ya no reacciono nunca y no podéis obligarme a hacer algo. Podéis insultarme; es asunto vuestro. Yo no soy un esclavo. Me he convertido en un hombre libre. Actúo desde mi centro, no desde mi periferia, y vuestros insultos solo pueden tocar mi periferia, no mi centro. Mi centro se mantiene intacto.
Te sientes afectado, no porque ha­yan tocado tu centro, sino porque no tienes centro. Eres solo tu periferia, estás identificado con la periferia. A la periferia le afecta todo, todo lo que ocurre. Es solo tu frontera con el exterior, así que todo lo que ocurre le afecta, y tú no tienes centro. En cuanto tienes un centro, te distancias de ti mismo, te distancias de tu peri­feria. Pueden insultar a la periferia, pero no a ti. Tú te mantienes aparte, distanciado... existe una distancia entre tú y tu yo. Existe una distancia entre tú como periferia y tú como centro. Y esa distancia no la puede saltar nadie más, porque nadie puede penetrar hasta el centro.. El mundo exterior solo puede tocarte en la periferia.
Por eso Buda dice: «Ahora estoy centrado. Hace diez años, ha­bría sido diferente. Si me hubierais insultado, habría reaccionado. Pero ahora, solo actúo.»
Hay que entender con claridad la diferencia entre reacción y ac­ción. Tú amas a alguien porque ese alguien te ama. Buda también te ama, pero no porque tú le ames; eso carece de importancia. Que tú le ames o no es irrelevante; él te ama porque es un acto, no una reacción. El acto sale de ti, y la reacción es algo que te fuerzan a ha­cer. Estar centrado significa que has empezado a actuar.
Otra cosa que hay que recordar es que cuando actúas, el acto es siempre total. Cuando reaccionas, no puede nunca ser total. Es siempre parcial, fragmentario, porque cuando actúo desde mi peri­feria -es decir, cuando reacciono-, no puede ser total porque no estoy verdaderamente implicado. Solo está implicada mi periferia así que no puede ser total. Así pues, si amas desde tu periferia, tu amor nunca podrá ser total, será siempre parcial. Y eso es muy im­portante, porque si el amor es parcial, el espacio sobrante se llena­rá con odio. Si tu amabilidad es parcial, el espacio sobrante se lle­nará de crueldad. Si tu bondad es parcial, ¿con qué se llenará el espacio sobrante? Si tu Dios es parcial, necesitarás un Diablo para llenar el espacio restante.
Eso significa que un acto parcial tiene por fuerza que ser con­tradictorio, en conflicto consigo mismo. Tu mente es anfibia, contradictoria... ante un mismo objeto reaccionas con amor y con odio. Y si el amor y el odio están presentes a la vez, tiene que haber confusión... una confusión venenosa. Tu amabilidad está mezclada con crueldad y tu caridad es un robo y tus oraciones se convier­ten en actos de violencia. Aunque intentes ser un santo en tu peri­feria, tu santidad estará manchada de pecado. En la periferia, todo resulta contradictorio.
Solo cuando actúas desde el centro tus acciones son totales. Y cuando un acto es total, posee una belleza propia. Cuando el acto es total, se vive momento a momento. Cuando el acto es total, no car­gas con el recuerdo; no es necesario. Cuando el acto es parcial, es una cosa inconclusa.
Supón que comes algo. Si comes de un modo parcial, cuando hayas acabado la verdadera comida seguirás comiendo en tu men­te. El acto ha quedado inconcluso. Solo una cosa total puede tener un principio y un final. Una cosa parcial es solo una serie continua sin principio ni final. Estás en tu casa, Y te has traído a casa tu tien­da y el mercado. Estás en tu tienda y te has llevado allí tu casa y tus asuntos domésticos. Nunca estás, no puedes estar, de un modo to­tal en un único momento; estás car­gando con muchas cosas de manera continua. Este es el peso; el tenso peso  de la mente sobre el corazón.
Un acto total tiene un principio y un final. Es atómico; no es una serie. , Está ahí y después deja de estar. A par­tir de ahí, estás en completa libertad de moverte hacia lo desconocido. De  otro modo, uno va siguiendo los sur­cos, la mente sigue los surcos traza­dos, te mueves siempre del mismo modo circular, en un círculo vicioso.
Como el pasado nunca queda termina­do, se mete en el presente, sigue ade­lante y penetra en el futuro.
Así pues, en realidad, una mente parcial, una mente periférica, carga con el peso del pasado... y el pasado es  una cosa muy grande. Aunque no ten­gas en cuenta las vidas anteriores, aun así el pasado es una cosa muy grande. Cincuenta años de experien­cias, bonitas y feas, pero sin terminar, todo sin concluir, y tú sigues cargando con un pasado de cincuenta años que está muerto. Ese pa­sado muerto cae sobre un único momento del presente... ¡por fuer­za ha de matarlo!      ..
Así no puedes vivir, es imposible. Con ése pasado a cuestas no puedes vivir. Cada momento concreto es tan fresco y tan delicado que todo ese peso muerto lo matará. ¡Lo está matando! Tu pasado está matando tu presente, y cuando el presente está muerto pasa a formar parte de la carga. Cuando está vivo, no forma parte de ti... cuando está muerto, cuando lo mata el peso del pasado muerto, en­tonces es tuyo, forma parte de ti. Esta es la situación.
En el momento en que empiezas a actuar desde el centro, cada acto es total, atómico. Está ahí y después ya no está. Quedas com­pletamente libre de él. Y entonces puedes moverte sin cargas, sin llevar peso. Y solo entonces puedes vivir en el nuevo momento que está siempre ahí, llegando a él en plena forma. Pero solo puedes llegar en plena forma si no vas cargando con un pasado.        
Y si el pasado está inconcluso, tendrás que cargar con él. La mente tiene tendencia a concluirlo todo. Si algo está sin terminar, habrá que cargar con ello. Si algo ha quedado inconclu­so durante el día, soñarás con ello du­rante la noche, porque la mente tiene tendencia a concluirlo todo. En el momento en que queda terminado, la mente se libra de la carga. Si no está terminado, la mente volverá a ello una y otra vez.
Hagas lo que hagas -amor, sexo, amistad-, todo queda inacabado. Y no puedes conseguir que sea total si te quedas en la periferia, ¿Cómo centrarse en uno mismo? ¿Cómo logra uno centrarse para no seguir: en la periferia? La técnica consiste en ser testigo.
La palabra testigo es una palabra muy importante. Existen cientos de técnicas para centrarse, pero hacerse testigo; es una parte ne­cesaria, una parte básica, de todas las técnicas. Sea cual sea la téc­nica, la parte esencial es hacerse testigo. Así que bien se la podría llamar la técnica de todas las técnicas. No se trata de una simple técnica; el proceso de hacerse testigo es la parte esencial de todas las técnicas.
También se puede hablar del testimonio como técnica pura. J. Krishnamurti, por ejemplo, habla del testimonio como técnica pura. Pero decir eso es como hablar del espíritu sin el cuerpo. No se puede sentir, no se puede ver. Allí donde se encarne el espíritu, tú sientes el espíritu a través del cuerpo. Claro que el espíritu no es el cuerpo, pero tú lo sientes por medio del cuerpo. Toda técnica no es más que un cuerpo, y el testimonio es el alma. Se puede hablar del testimonio independiente de todo cuerpo, de toda materia; en­tonces se vuelve abstracto, totalmente abstracto. Así ha estado ha­blando continuamente Krishnamurti durante medio siglo, pero todo lo que dice es tan puro, tan incorpóreo, que piensas que lo es­tás comprendiendo, pero esa comprensión no es más que un con­cepto.
- En este mundo no existe nada en forma de espíritu puro. Todo está encarnado. Hacerse testigo es el espíritu de todas las técnicas espirituales, y todas las técnicas son cuerpos, diferentes cuerpos.
Así que primero debemos entender lo que es ser testigo, y des­pués podremos entender cómo ser testigo por medio de algunos cuerpos, de algunas técnicas.
Sabemos pensar, y hay que empezar por pensar para saber lo que significa ser testigo, porque hay que empezar por algo que uno co­nozca. Sabemos pensar... pensar significa tener juicio, ves algo y lo juzgas. Ves una flor y dices que es bonita o que no lo es. Oyes una canción y te gusta o no te gusta. Las cosas te gustan o te disgus­tan. Pensar es juzgar; en cuanto empiezas a pensar, has empezado a juzgar.
Pensar es evaluar. No se puede pensar sin evaluar. ¿Cómo pue­des pensar en una flor sin evaluarla? En cuanto empiezas a pensar, decides si es bonita o no. Tendrás que usar alguna clasificación, por­que pensar es clasificar. En cuanto tienes clasificada una cosa -cuando la has etiquetado le has puesto nombre-, has pensado en ella.                      
Es imposible pensar si no vas a juzgar. Si no vas a juzgar, pue­des mantenerte consciente... pero no puedes pensar.
Aquí hay una flor, y yo te digo: «Mírala, pero no pienses. Ve la flor, pero no pienses.» ¿Qué puedes hacer? Si no se te permite pensar, ¿qué puedes hacer? Solo puedes ser testigo; solo puedes estar consciente. Solo puedes tomar conciencia de la flor. Puedes afrontar el hecho: la flor está ahí. Ahora puedes encontrarte con ella. Si no se te permite pensar, no puedes decir: «Es bonita, no es bonita, la conozco...», ni «es muy rara, no la había visto nunca». No puedes decir nada. No se pueden utilizar palabras porque cada palabra tiene un valor. Cada palabra es un juicio. El lenguaje está cargado de juicios; el lenguaje no puede nunca ser imparcial. En cuanto utilizas una palabra, has juz­gado.
Así que no puedes utilizar el len­guaje, no puedes verbalizar. Si yo digo «Esto es una flor, mírala, pero no pien­ses», la verbalización no está permiti­da. Entonces, ¿qué puedes hacer? Solo puedes ser testigo. Si estás ahí sin pen­sar, solo delante de algo, eso es ser testigo. Ser testigo, pues, es una con­ciencia pasiva. Recuerda pasiva. El pensamiento es activo, estás haciendo algo. Veas lo que vea estás haciendo algo con ello. No eres solo pasivo, no eres como un espe­jo; estás haciendo algo. Y en cuanto haces algo, has cambiado la cosa. .
Veo una flor y digo:¡Qué bonita! Ya la he cambiado. He im­puesto algo a la flor. Ahora, sea la flor que sea, para mí es una flor más mi sensación de que es bonita. Ahora la flor está muy lejos; en­tre la flor y yo se interpone mi sentido del juicio, mi evaluación de que es bonita. Ahora la flor ya no es la misma para mí ha cambia­do de cualidad. He penetrado en ella mi juicio ha penetrado en el hecho. Ahora es más una ficción y menos un hecho.
Esta sensación de que la flor es bonita no pertenece a la flor, me pertenece a mí. He penetrado en el hecho. Ahora el hecho ya no es 'virgen. Lo he corrompido. Mi mente ha entrado a formar parte de él. En realidad, decir que mi mente ha entrado a formar parte de él equivale a decir que mi pasado ha entrado a formar parte de él, por­que cuando digo «esta flor es bonita», significa que la he juzgado por medio dé mis conocimientos pasados. ¿Cómo puedes decir que esta flor es bonita? Tus experiencias del pasado, tus conceptos del ­pasado, te dicen que una cosa así es bonita... la has juzgado de acuerdo con tu pasado.
La mente equivale a tu pasado, tus recuerdos. El pasado se ha impuesto al presente. Has destruido un hecho virgen; ahora está distorsionado. Ahora ya no hay flor; la flor como realidad en sí misma ya no está ahí. - La has corrompido, la has destruido. Tu pasado se ha interpues­to. La has interpretado... eso es pensar. Pensar significa imponer el pasado a un hecho presente.
Por eso pensar nunca puede llevar­te a la verdad... porque la verdad es vir­gen y hay que afrontarla en toda su virginidad. En cuanto metes en ella tu pasado, la estás destruyendo. Se convierte en una interpretación, no en una asimilación del hecho. La has perturbado; se ha perdido la pureza.                   
Pensar significa imponer tu pasado en el presente. Ser testigo significa que no hay pasado solo presente; nada de imponer el pasado.
Ser testigo es algo pasivo. No estás haciendo nada... solo eres. Simplemente, estás ahí. Solo tú estás presente. La flor está presen­te, tú estás  presente... entonces existe una relación de testimonio. Cuando la flor está presente y todo tu pasado está presente, y no tú, entonces hay una relación de pensamiento.
Empecemos por el principio. ¿Qué es pensar? Es traer la mente al presente. Y entonces, te pierdes el presente... ¡te lo has perdido por completo! En cuanto el pasado penetra en el presente, ¡te lo has perdido!. Cuando dices: «esta flor es bonita», la flor se ha converrti­do en pasado. Cuando dices: «la flor es bonita», es una experiencia pasada. Has conocido y has juzgado.
Cuando la flor está ahí y tú estás ahí, ni siquiera es posible de­cir que la flor es bonita. No puedes hacer ningún juicio sobre el presente. Todo juicio, toda afirmación, pertenece al pasado. Si yo digo: «te amo», se ha convertido en una cosa del pasado. Si digo: «esta flor es bonita», he sentido, he juzgado... se ha convertido en pasado.
Ser testigo es siempre presente, nunca pasado. Pensar es siem­pre pasado. Pensar es algo muerto, ser testigo es algo vivo. Veamos la siguiente diferencia: en primer lugar, pensar es activo, es hacer algo. Ser testigo es pasivo, es no hacer nada, solo ser. Pensar es siempre lo pasado, lo muerto, lo que ya pasó, lo que ya no existe. Ser testigo es siempre el presente, lo que es.
Así pues, si sigues pensando, nunca podrás saber lo que es ser testigo. Detenerse, dejar de pensar, es el primer paso para hacer­se testigo. Dejar de pensar es ser testigo. .
¿Y qué hay que hacer? Porque pensar es un hábito muy arraigado en nosotros. Se ha convertido en una cosa mecánica, de robots. Ya no es que pienses; ya no es decisión tuya, es un hábito mecá­nico... no puedes hacer otra cosa. En cuanto aparece la flor, empie­za el pensamiento. No tenemos experiencias no verbales; solo los niños pequeños las tienen. La experiencia no verbal es la experien­cia verdadera. La verbalización es huir de la experiencia.
Cuando digo «la flor es bonita», la flor desaparece para mí. Aho­ra lo que me interesa es mi mente, no la flor. Ahora tengo en la mente la imagen de la flor, no la flor misma. Ahora la flor es una imagen en la mente, un pensamiento en la mente, y ahora puedo compararla con mis experiencias pasadas y juzgar. Pero la flor ya no está ahí.
Cuando verbalizas, te cierras a la experiencia. Cuando estás consciente de manera no verbal, estás abierto, vulnerable. Ser tes­tigo significa abrirse constantemente a la experiencia, no cerrarse.
¿Qué hacer? Hay que romper de algún modo este hábito mecá­nico que llamamos pensar. Hagas lo que hagas, procura hacerlo no verbalmente. Es difícil, es duro, y al principio parece absolutamen­te imposible, pero no lo es. No es imposible, solo es difícil. Si andando por la calle... camina no verbalmente. Solo camina, aun­que sea tan solo durante unos segundos, y tendrás un vislumbre de un mundo diferente, un mundo no verbal, el mundo real, no el mundo de la mente que el hombre ha creado dentro de sí mismo.
Si estás comiendo... come no verbalmente. Alguien le preguntó a Bokuju, un gran maestro zen: «¿Cuál es tu camino, cuál es tu mé­todo?» y Bokuju dijo: «Mi método es muy simple: cuando tengo ham­bre, como; cuando tengo sueño, duermo... y eso es todo.»
El hombre quedó desconcertado y dijo:
-¿Qué dices? Yo también como y también duermo, y todo el mundo hace lo mismo. ¿Qué tiene eso para que lo llames un ca­mino?   
y Bokuju dijo:
-Cuando tú comes, estás haciendo muchas cosas, no solo co­mer. Y cuando duermes, estás haciendo de todo menos dormir. Pero cuando yo como, simplemente como; cuando duermo, simplemen­te duermo. Todos mis actos son totales.
 Todos los actos se vuelven totales cuando dejas de ser verbal. Así que intenta comer sin ninguna verbalización en la mente, sin nin­gún pensamiento en la mente. Solo come... y entonces comer se convierte en meditación, porque cuando dejas de ser verbal te con­viertes en testigo.
Si eres verbal, te conviertes en un pensador. Si no eres verbal, no puedes hacer nada por evitarlo: te conviertes automáticamente en testigo., Así que intenta hacerlo todo no verbalmente: camina, come, date un baño o siéntate en silencio. Después, simplemente siéntate; y después «una sentada». No pienses. Entonces, hasta estar sentado se puede convertir en meditación; el simple andar se puede convertir en meditación.
Otra persona le pidió a Bokuju: «Dame alguna técnica de medi­tación. »
Bokuju dijo: «Puedo darte una técnica, pero no serás capaz de meditar... porque puedes practicar una técnica con una mente ver­balizadora.» Puedes pasar los dedos por un: rosario y seguir pen­sando al mismo tiempo. Si tus dedos se limitan a moverse por el ro­sario sin pensar, se convierte en meditación. Así pues, en realidad no se necesita ninguna técnica. Todo en la vida es una técnica. Por eso Bokuju dijo: «Sería mejor que te quedaras a mi lado y, me miraras. No preguntes por un método, solo mírame y llegarás a saber. »
El pobre hombre le observó durante siete días. Cada vez estaba más perplejo. Al cabo de los siete días, dijo:
-Cuando llegué, estaba menos confuso. Ahora estoy más con­fuso. Te he mirado constantemente durante siete días. ¿Qué es lo que tengo que mirar?
y Bokuju dijo:
-Entonces es que no has mirado. Cuando ando... ¿has visto?
Simplemente ando. Cuando me traes té por la mañana, ¿has mira­do bien? Simplemente cojo el té y me lo bebo. Es solo beber. No hay Bokuju, solo beber. No hay, Bokuju, solo tomar té. ¿Has mirado bien? Si has mirado, tienes que haber notado que Bokuju ya no existe.
Este es un aspecto muy sutil. Porque si el pensador está ahí, ahí está el ego. Y entonces eres Bokuju o algún otro. Pero si solo hay acción sin nada de verbalización, sin pensamiento no hay ego. Por eso Bokuju dice: «¿Has mirado de verdad? Entonces no había Bo­kuju: Solo beber té, pasear por el jardín, cavar un hoyo en la tierra.»
Por eso Buda ha dicho que no hay alma. Como no has mirado bien, sigues pensando constantemente que tienes un alma. ¡Tú no existes! Si eres testigo, no existes. El «yo» se forma por medio de pensamientos.
Una cosa más: los pensamientos acumulados, los recuerdos amontonados, crean la sensación de ego, de que eres. Intenta este experimento: deslígate de todo tu pasado. No tienes ningún recuerdo. No sabes quiénes son tus padres, no sabes a quién perteneces: a qué país, a qué religión, a qué raza. No sabes dónde te educaron, ni si recibiste educación o no. Corta con todo tu pasado.....y recuerda quién eres. ¡No puedes recordar quien eres! Evidentemente; eres. Eres, pero ¿quién? En ese momento no puedes sentir un «yo».
El ego no es más que pasado acu­mulado. El ego es tu pensamiento condensado, cristalizado.
Por eso Bokuju dice: «Si me has mirado bien, yo no estaba. Había beber té, pero no bebedor. Había pasear en el jardín, pero no paseante. Había acción, pero no actor.»
Cuando se es testigo, no hay sensa­ción de «yo». Al pensar sí la hay. No es simple coincidencia que los llamados pensadores estén tan profundamente enraizados en sus egos. Artistas, pen­sadores filósofos, personas ilustra­das... no es coincidencia que sean tan egoístas. Cuantos más pensamientos  tengas, mayor ego tendrás.
Cuando se es testigo, no hay ego. Pero esto solo ocurre si se consigue trascender el lenguaje. El lenguaje es la barrera. El lenguaje  es necesario para comunicarse con otros; no es ne­cesario para comunicarse con uno mismo. Es un instrumento útil..... podría decirse que el instrumen­to más útil. El hombre ha podido crear una sociedad, un mundo, solo gracias al lenguaje. Pero a causa del lenguaje, el hombre se ha olvidado de sí mismo.
El lenguaje es nuestro mundo. Si el hombre olvida su lenguaje, aunque sola sea por un instante, ¿qué le queda? La cultura, la sociedad, el hinduismo, el cristianismo.....¡Qué queda?
No queda nada. Con solo suprimir el lenguaje, desaparece toda la, humanidad con su cultura, su civilización, su ciencia; Su religión su filosofía.       
El lenguaje es comunicación con los otros; es la única comunicación. Es útil, pero peligroso. Siempre que un instrumento es útil es también peligroso en la misma proporción. El peligro está en que cuanto más se sumerge la mente en el lenguaje, más se aleja del centro. Por eso se necesita un equilibrio sutil y un dominio sutil para ser capaz de penetrar en el lenguaje y ser también capaz: de abandonar el lenguaje, de salir del lenguaje.
Ser testigo significa salirse del lenguaje, de la verbalización, de la mente. ­
Ser testigo significa un estado sin mente, sin pensamiento.
¡Inténtalo! Será un esfuerzo largo, y no hay nada garantizado... pero inténtalo, y con el esfuerzo lograrás algunos momentos en los que el lenguaje desaparece de pronto. Y entonces se abre una nue­va dimensión. Te haces consciente de un mundo diferente: el mundo de la simultaneidad, el mundo del aquí y ahora, el mundo sin mente, el mundo de la realidad.
El lenguaje debe evaporarse. Intenta hacer actos corrientes, mo­vimientos corporales, sin lenguaje. Buda utilizaba esta técnica para observar la respiración. Les decía a sus discípulos: «Seguid obser­vando vuestra respiración, No hagáis nada más que observar el aliento que entra, el aliento que sale, el aliento que entra, el alien­to que sale...» Pero no se trata de decirlo así, hay que sentirlo: el aliento que entra, sin palabras. Siente el aliento que entra,  muéve­te con el aliento, deja que tu conciencia se sumerja juntó con el aliento, Y después, muévete hacia fuera, sigue moviéndote con tu aliento. ¡Mantente alerta!
Se dice que Buda dijo: «No te pierdas ni una sola respiración. Si fisiológicamente perdieras una sola respiración, morirías, y si tu conciencia pierde una sola respiración, te alejarás del centro, esta­rás muerto por dentro.» Por eso Buda decía: «La respiración es im­prescindible para la vida del cuerpo, y la conciencia de la respira­ción es imprescindible para la vida del centro interior.»
Respira, sé consciente. Y si estás intentando ser consciente de tu respiración, no puedes pensar, parque la mente no puede hacer dos cosas al misma tiempo:  pensar y ser testigo. El fenómeno de ser testigo, en sí misma, es absoluta y diametralmente apuesta al pensamiento', así que no puedes hacer las dos cosas a la vez. Así cama no puedes estar viva y muerta a la vez, ni dormida y des­pierta a la vez, no puedes pensar y ser testigo a la vez. Si eres testigo de algo, el pensamiento se de­tiene. Si aparece el pensamiento, de­saparece el testigo.
 Ser testigo es una conciencia pasi­ va, sin acción en su interior. La con­ciencia misma no es una acción.
Un día, el mulá Nasruddin estaba muy preocupado, sumido en profun­das reflexiones. Cualquiera que le mi­rara a la cara se daba cuenta de que es­taba perdido en sus pensamientos, muy tenso, agustiado. Su mujer em­pezó a alarmarse Y le preguntó:
-¿Qué estás hacienda, Nasruddin? ¿En qué estás pensando ¿Qué proble­ma tienes, por qué estás tan preacupado?
El Mula abrió los ojos y dijo:          -Este es el problema definitivo. Estoy pensando en cómo sabe uno que se ha muerto. ¿Cómo sabe uno que está muerto? Si yo me muero, ¿cómo reconoceré que estay muerto? Porque yo no conoz­co la muerte. Reconocer significa que has conocido antes algo.
» Te veo a ti y reconozco que eres A, o B, o C, porque te conozco de antes. La muerte no la hemos conocido -siguió diciendo el mulá-, y cuando llegue ¿cómo voy a reconocerla? Ese es el problema y me tiene muy preocupado. Y cuando esté muerto no podré preguntar­le a nadie, así que también esa puerta está cerrada. No puedo con­sultar ninguna escritura, ningún maestro puede ayudarme. ­La mujer se echó a reír y dijo:
-Te preocupas sin necesidad. Cuando llega la muerte, uno lo sabe al instante. Cuando te llegue la muerte, lo sabrás porque te pondrás frío, frío como el hielo.
El mulá se sintió aliviado. Ya tenía una señal, una clave.
Dos o tres meses después, Nasruddin estaba cortando leña en el bosque. Era una mañana de invierno y todo estaba muy frío. De pronto se acordó y sintió que sus manos estaban frías. Se dijo: «Vaya. Se acerca la muerte y estoy lejos de casa que no vaya po­der avisar a nadie. ¿Qué hago ahora? Se me olvido preguntarle eso a mi mujer. Me dijo como me iba a sentir, pero ¿qué debe hacer uno cuando se le acerca la muerte? Por aquí no hay nadie, y todo está igual de frío.»        ­
Entonces recordó que había visto a muchas personas muertas y pensó: «Lo mejor será echarme.» Era lo único que había visto hacer a los muertos, así que se tumbó en el suelo. Como es natural, cada vez iba estando más y más frío... sentía la muerte encima de él. Su burro estaba descansando a un lado, bajo un árbol. Llegaron dos lo­bos y, creyendo que el mulá estaba muerto, atacaron al burro. El mulá abrió los ojos, lo vio y pensó: «Los muertos no pueden hacer nada. Si estuviera vivo, lobos, no os habríais podido tomar esas li­bertades con mi burro. Pero ahora no puedo hacer nada. No se sabe de ningún muerto que haya hecho algo. Solo puedo ser testigo.»
Si mueres para tu pasado, si quedas totalmente muerto para él, entonces solo puedes ser testigo. ¿Qué otra cosa podrías hacer? Ser testigo significa morir para tu pasado: tus recuerdos, tus pensa­mientos, todo. Entonces, en el momento presente, ¿qué puedes ha­cer? Solo puedes ser testigo. No es posible emitir ningún juicio... solo se puede juzgar con respecto a experiencias pasadas. No es posible ninguna evaluación: solo se puede evaluar con referencia a evaluaciones pasadas. No es posible pensar, solo se puede pensar si el pasado está ahí y lo traes al presente. Así pues, ¿qué puedes ha­cer? Puedes ser testigo.                                                       
En la antigua literatura sánscrita, al maestro se le define como la muerte: acharya mrityuh. En el Katha Upanishad, Nachiketa es enviado a Yama, el dios de la muerte, para aprender de él. Y cuan­do- Yama, el dios de la muerte, le ofrece a Nachiketa multitud de tentaciones -«Toma esto, toma el reino, toma toda esta riqueza, todos estos caballos, todos estos elefantes, esto y lo otro», una lar­ga lista de cosas-, Nachiketa dice: «He venido a aprender lo que es la muerte, porque si no sé qué es la muerte, no podré saber qué es la vida.»
En la antigüedad se consideraba que un maestro era una perso­na capaz de convertirse en la muerte para el discípulo: una persona que te puede ayudar a morir para que puedas renacer. Nicodemo le preguntó a Jesús: «¿Cómo puedo alcanzar el Reino de Dios?» Jesús respondió: «Nada se puede alcanzar si no mueres antes. Nada se puede alcanzar si no renaces.»
Y este renacer no es un suceso aislado, es un proceso continuo. Uno tiene que renacer en cada momento. No es que renazcas de una ­vez y ya está, asunto concluido. La vida es un nacimiento continuo, y la muerte también es continua. Hay que morir una vez porque no has vivido en absoluto. Si estás vivo, tienes que morir en cada mo­mento. Morir en cada momento para el pasado, como quiera que haya sido, un paraíso o un infierno. Sea como sea, muere para todo ello, y renace nuevo y joven para el momento presente. Y ahora sé testigo... y solo puedes ser testigo si eres nuevo.
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