martes, 13 de noviembre de 2012

Obstáculos de la vida creativa


Uno de los obstáculos de la vida creativa es el temor, y la respetabilidad es una manifestación de ese temor. Las personas respetables, las que se sienten moralmente obligadas, no se dan cuenta de la profunda significación de la vida. Están encerradas dentro de las paredes de su propia rectitud y no ven más allá de ellas.

Su moralidad de vitrina, basada en ideales y creencias religiosas, no tiene nada que ver con la realidad; y cuando se protegen con esa falsa moralidad, viven en el mundo de sus propias ilusiones. A pesar de su halagadora y autoimpuesta moralidad, los hombres respetables también viven en contusión, miseria y conflicto.
El temor, que es el resultado de nuestros deseos de seguridad, nos obliga a conformarnos, a imitar a los demás, a someternos al dominio, y por lo tanto impide la vida creativa. Para vivir creativamente, es necesario vivir con libertad, que es vivir sin miedo; y sólo puede existir un estado creador cuando la mente no es prisionera del deseo ni de la satisfacción del deseo. Es sólo observando nuestras propias mentes y nuestros propios corazones con atención delicada que podemos desenmarañar los enredos de nuestros deseos. Mientras más reflexivos y afectuosos somos, menos puede el deseo dominar la mente. Es sólo cuando no hay amor que las sensaciones se convierten en un problema desesperante.
Para entender el problema de las sensaciones, tendremos que enfocarlo, no desde un solo ángulo, sino en todos los aspectos: educativo, religioso, social y moral. Las sensaciones han llegado a ser extremadamente importantes para nosotros porque hemos dado una importancia arrolladora a los valores sensuales.
A través de los libros, de los anuncios, del cine y de otros medios se acentúan constantemente las sensaciones. Las fiestas políticas y religiosas, el teatro y otras formas de diversión, nos estimulan a buscar excitación en diferentes planos de nuestro ser; y sentimos deleite con ese estímulo. Fomentamos la sensualidad por todos los medios posibles y al mismo tiempo defendemos el ideal de la castidad. Forjamos así una contradicción dentro de nosotros mismos, y ¡cosa rara! esta misma contradicción nos excita.
Sólo cuando comprendemos la persecución de sensaciones, que es una de las primordiales actividades de la mente, el placer, la excitación y la violencia dejan de ser un rasgo dominante en nuestras vidas. Es porque no amamos, que el sexo y la búsqueda de sensaciones se han convertido en un problema agotador. Cuando hay amor, hay castidad; pero el que trata de ser casto, no lo es. La virtud es producto de la libertad, y se manifiesta cuando hay comprensión de lo que «es».
Cuando somos jóvenes, nuestros impulsos sexuales son fuertes, y la mayor parte de nosotros tratamos de lidiar con esos deseos dominándolos y disciplinándolos, porque creemos que sin alguna clase de freno llegamos a ser demasiado lascivos. Las religiones organizadas están muy preocupadas con el asunto de la moralidad sexual; pero nos permiten la violencia y hasta el asesinato en nombre del patriotismo; nos dejan entregarnos a la envidia y a la astucia cruel y correr tras el poder y el éxito. ¿Por qué se preocuparán tanto con este tipo especial de moralidad, y no atacan la explotación, la codicia y la guerra? ¿No será porque siendo las religiones organizadas parte del ambiente que hemos creado, dependen para su misma existencia de nuestros temores y esperanzas, de nuestra envidia y de nuestro separatismo? Y así en el campo de la religión, como en otro cualquiera, la mente está prisionera de las proyecciones de sus propios deseos.
Mientras no haya una profunda comprensión del proceso completo del deseo, la institución del matrimonio, como existe en la actualidad en Oriente o en Occidente, no puede dar respuesta satisfactoria al problema sexual. El amor no se crea firmando un contrato, ni está basado en el intercambio de placeres, ni en la mutua seguridad y confortación. Todas estas cosas son de la mente, y es por eso que el amor ocupa una parte tan pequeña de nuestras vidas. El amor no es de la mente; es absolutamente independiente del pensamiento, con sus cálculos sagaces y sus demandas y reacciones de propia protección. Cuando hay amor, el sexo no es jamás un problema, es la falta de amor lo que crea el problema.
Los obstáculos y escapes de la mente constituyen el problema, y no el sexo o cualquier otro asunto específico; y es por eso que es importante entender los procesos de la mente, sus atracciones y repulsiones, sus reacciones a la belleza y a la fealdad. Debemos observarnos y darnos cuenta de cómo consideramos a los demás, de cómo miramos a los hombres y a las mujeres. Debemos ver que la familia se convierte en un centro de separatismo y de actividades antisociales cuando nos valemos de ella como un medio para la perpetuación de nosotros mismos, en beneficio de nuestra propia importancia. La familia y la propiedad, cuando se centralizan en el yo con sus deseos y ansiedades cada vez más mezquinas, se convierten en instrumentos de poder y dominio y en fuente de conflicto entre el individuo y la sociedad.
La dificultad en todas estas cuestiones humanas estriba en que nosotros mismos, los padres y los maestros, nos sentimos totalmente cansados y desesperanzados, confusos y desasosegados; la vida nos aplasta pesadamente, y necesitamos que se nos conforte y se nos ame. Siendo pobres e insuficientes dentro de nosotros mismos, ¿cómo podemos tener la esperanza de impartir la verdadera educación a la niñez?
Esta es la razón por la cual el problema principal no es el niño, sino el educador; nuestros corazones y nuestras mentes deben estar completamente limpios si hemos de ser capaces de educar a los demás. Si el educador mismo está confundido, pervertido, perdido en el laberinto de sus propios deseos, ¿cómo puede impartir sabiduría o ayudar a enderezarle el camino a otro? Pero nosotros no somos máquinas que los expertos puedan entender y reparar; somos el resultado de una larga serie de influencias y accidentes, y cada uno de nosotros tiene que desenmarañar y comprender por sí mismo la confusión de su propia naturaleza.
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